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- Lusitania, 07/05/1915 -
El hundimiento y sus consecuencias.
Según declaraciones de los supervivientes, se pudo averiguar que en el Lusitania se pudieron sentir dos explosiones, casi simultáneas, las que corresponderían a los impactos de los torpedos. Casi a continuación, se produjo una tercera explosión mucho más potente, producida con toda seguridad por el cargamento de explosivos que transportaba el barco. Esta fue la que provocó que los compartimentos estancos reventaran, al no poder soportar los compartimentos estancos la presión del agua que entraba por las vías que aparecieron a resultas del impacto de los torpedos. El tamaño de las vías de agua debió ser desmesurado, ya que en el Titanic el iceberg contra el que impactó, provocó una vía de unos 100 metros a lo largo del casco y este buque tardó aproximadamente dos horas en ir a pique.
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Imagen del Lusitania tomada poco antes de zarpar hacia su último viaje. |
A pesar de la rapidez con la que el Lusitania se hundía, la evacuación fue muy ordenada. Fue tal la velocidad a la que el buque se iba a pique, que algunos botes se descolgaron de sus soportes en el momento en que tocaban el agua, arrastrados al fondo por el Lusitania. El gigantesco trasatlántico se hundió a una profundidad de 90 metros y a una distancia de 11 millas del faro Old Head Kinsale.
Casi en el mismo momento en que se recibía la llamada de auxilio desde el Lusitania, el almirante al mando de la base naval de Queenstown, Crookes, ordenó que se movilizaran todo tipo de embarcaciones, civiles o militares, hacia el lugar del naufragio a fin de auxiliar a los supervivientes. No pudieron llegar al lugar antes de dos horas y a resultas del naufragio perecieron 1195 personas, entre las que se encontraban 291 mujeres y 94 niños.
Entre las víctimas ilustres se encontraba el multimillonario Vanderbilt, quien la última vez que fue visto con vida estaba en cubierta cediendo su chaleco salvavidas a una pasajera. Se halló su cuerpo sin vida varios días después al sur de Queenstown, después de una intensa búsqueda en la que su familia había ofrecido 125.000 libras por recuperar sus restos.
Mientras todo esto tenía lugar, el comandante del submarino alemán observaba impasible todos los detalles de la tragedia, pudiendo entonces determinar la identidad del buque torpedeado. Según sus propias declaraciones, fue en ese momento en que se dio cuenta de la trascendencia del acto que acababa de provocar.
El día siguiente del torpedeo del Lusitania, la prensa y otros servicios de propaganda aliados, clamaban en pro de la entrada en guerra de los EE.UU. puesto que el contingente de pasajeros norteamericanos a bordo era considerable. Por otro lado, en los EE.UU. se sucedían las oleadas de protesta, con diferentes grados de virulencia, contra lo que fue calificado un crimen de lesa humanidad del que se culpaba directamente al emperador germano. De hecho, el suceso fue la excusa perfecta para que las posiciones más intervencionistas del poder político norteamericano pudieran presionar de forma definitiva en pro de la entrada del país en guerra.
Sin embargo, la postura del gobierno alemán fue la de justificar el acto como uno más, típico de una guerra y amparada en la formalización de la campaña “sin restricciones contra el comercio enemigo”.Si analizamos, desde un punto de vista objetivo, los hechos, podemos determinar, casi con certeza, que la responsabilidad última de la tragedia fue debida a la desobediencia del capitán Turner de los avisos y órdenes recibidas.
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Imagen del comandante del U20 alemán que hundió al Lusitania, Walter Schweiger |
Tenemos que entender que, nos guste o no, una guerra es una guerra y a diferencia de las confrontaciones actuales, casi asépticas, en la primera mitad del S.XX. la tecnología militar entraba en una nueva época de desarrollo que, entre otras cosas, no tenía en cuenta el valor de una vida humana, fuera civil o militar. Baste recordar los experimentos con gases en las trincheras del Viejo Continente o el bombardeo indiscriminado sobre poblaciones con armas de pesado calibre.
Además, si el buque, a pesar de ser considerado civil, no hubiese transportado material explosivo, obviamente hubiera sufrido las tremendas consecuencias del impacto de dos torpedos en su casco, pero sin hundirse, ya que fue la explosión de ese material bélico el que provocó su ida a pique. Al fin y al cabo existía una necesidad vital del gobierno alemán de luchar contra las medidas británicas orientadas a estrangular el comercio neutral con Alemania, el denominado Navicert (acrónimo de Navigation Certificate). Esta práctica consistía en la autorización expedida por las autoridades consulares británicas a los exportadores que se hallaran pendientes del embarque de mercancías que tuvieran como destino países neutrales, con los que existía o hubiera existido duda de su posible reexportación a países enemigos.
El objetivo de esta medida era que ni una sola partida de mercancía que pudiera ser susceptible de aportar algo al esfuerzo de la economía de guerra de las potencias enemigas, llegara a su destino. Las consecuencias fueron prácticamente inmediatas, ya que la vigilancia de las exportaciones a estas potencias se establecía en todos los puertos del mundo y fueron especialmente férreas en Noruega, Dinamarca, Suecia y Holanda. De hecho, las autoridades militares británicas organizaron un servicio de inspección de buques extranjeros en las aguas territoriales que circundaban las Islas Británicas y que se dedicaba al abordaje de estos buques en alta mar para reconocer su documentación y carga.
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