La Batalla del Atlántico, fue la más larga y continuada campaña militar de toda la II Guerra Mundial, ya que se inició en los albores de la conflagración, hacia 1939, y no finalizó hasta la caída del III Reich en 1945, teniendo su punto álgido entre mediados de 1940 y finales de 1943.
En esta lucha por la supervivencia, tal y como veremos a continuación, los actores principales fueron la Kriegsmarine alemana, que de mano de sus Uboot, al mando del excepcional almirante Dönitz, crearon un verdadero caos que a punto estuvo de cambiar el curso de la guerra y de la Historia. Del otro lado, la Royal Navy británica, la Royal Canadian Navy y la U.S. Navy, inicialmente poco más que meras víctimas del potencial submarino alemán, y poco a poco, a costa de enormes sacrificios, vencedores de la extensa campaña. Los convoyes que partían de Norteamérica y el Atlántico Sur rumbo a Gran Bretaña, con ingentes cantidades de material, se convirtieron en el objetivo, en ambos bandos, de esta prolongada campaña, en la que se perdió la friolera de 30.248 tripulantes por el bando Aliado, 3.500 embarcaciones de carga y 175 buques de guerra. Del lado alemán e italiano, una vez que estos se unieron al Eje, se perdieron 28.000 marineros y 738 submarinos.
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El Almirante Karl Dönitz, responsable de la estrategia submarina alemana, conocida como Rudel o Jaurías de Lobos. |
Los objetivos estratégicos de este enfrentamiento en el Atlántico, parten de la alta necesidad de Gran Bretaña del comercio marítimo. El Reino Unido, necesitaba en aquellos momentos más de un millón semanal de toneladas de alimentos importados y material para soportar su esfuerzo de guerra contra Alemania (recordemos los EE.UU. no entraron en guerra hasta 1941). Lo cierto es que en esencia, la Batalla del Atlántico, término acuñado por Winston Churchill, era una guerra de tonelaje: los Aliados tratando de evitar el colapso de Gran Bretaña y el Eje intentando acabar con la resistencia británica. A partir de 1942, cambiaron los objetivos y los alemanes trataron de evitar por todos los medios, que llegara cualquier clase de material o embarcación a las Islas Británica, a fin de evitar la más que previsible invasión del continente europeo por parte de las fuerzas Aliadas. Éstos por su parte necesitaban, para llevar a cabo dicha ocupación, no dejar rastro de las fuerzas navales alemanas.
Los contendientes.
Ya antes del inicio de la guerra, el vicealmirante de los submarinos alemanes, o U-Boots, Karl Dönitz, había ideado un sistema táctico para la guerra submarina denominado Rudel o Jaurías de Lobos, en el que diferentes grupos de submarinos atacaban un convoy simultáneamente y aplastaban a los buques de guerra que lo defendían para poder acabar, de forma relajada, a los indefensos mercantes. Para ser efectivos, Dönitz calculó que necesitaría al menos 300 submarinos del último modelo disponible, el Tipo VII, y que esta escuadra le permitiría provocar el colapso entre las fuerzas navales británicas de tal modo, que acabaría por rendirlos.
Sin embargo, el submarino estaba todavía muy infravalorado como arma de guerra efectiva. Y al menos esto era cierto en el caso alemán, donde no se llegaba a ver este potencial, en detrimento del de la supremacía aérea, si bien el Almirante Erich Raeder puso remedio, presionando al Gobierno a fin de sufragar los gastos necesarios para crear la gran flota que pedía Dönitz.
La Royal Navy disponía como principal arma antisubmarina, el grupo de escolta de los convoyes, normalmente compuesto por un destructor armado con cargas de profundidad y un sonar que le permitía localizar al enemigo. La Royal Navy, al igual que la gran mayoría de marinas contemporáneas, había rehuido cualquier tipo de desarrollo de contramedidas submarinas durante la década de los años 20 y 30, precisamente porque consideraban prácticamente inútil al submarino y porque el Tratado de Versalles había estipulado como ilegal la guerra submarina. De ese modo, y al interpretar la mayoría de oficiales navales este tipo de guerra como “defensiva”, se pensó que con el desarrollo del sonar, conocido como ASDIC (acrónimo de Anti-submarine Detection Investigation Comitee o Comité de Investigación para la Detección Anti-submarina), se solucionaría el problema, caso de plantearse.
Los primeros modelos de sonar, estaban alojados en una cúpula bajo la embarcación y enviaban un fino haz de pulsos de sonido que se reflejaban sobre la superficie de cualquier objeto sumergido en un radio de 2.730 metros. Este eco producía una señal precisa que permitía determinar la marcación exacta del objetivo. Pero las diferencias de temperatura a diferentes profundidades o los bancos de peces, podían crear falsos ecos, por lo que el sonar necesitaba estar a cargo de personal muy experimentado que pudiera diferenciar qué ecos eran fidedignos. Otro punto en contra del sonar, era que se mostraba efectivo únicamente a velocidades de navegación por debajo de los 15 nudos. Por encima de esa velocidad, el ruido que producía la embarcación donde se alojaba, distorsionaba la señal y la hacía inútil.
Cuando se detectaba un submarino enemigo, el destructor o el escolta asignado al convoy, se dirigía a toda máquina al lugar en que se presuponía se encontraba el objetivo, se situaba encima de éste y lanzaba sus cargas de profundidad, fijadas para explosionar a la profundidad en que se había detectado al submarino. Para lograr hundirlo, las cargas debían detonarse a no más de 6 metros del objetivo. A esta dificultad, se añadía el hecho de que los submarinos alemanes podían sumergirse más rápido y a mayor profundidad que cualquier submarino Aliado, amén de que eran capaces de llegar a profundidades a las que las cargas submarinas británicas no se prefijaban para explotar, puesto que se suponían imposibles de alcanzar.
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Bases de los U-boot alemanes en la Francia Ocupada. Supusieron una excelente posición estratégica para la guerra en el Atlántico. |
La generalizada creencia de que el sonar había solventado el problema de los submarinos, añadido a la caótica economía de los primeros años 30 y la incesante presión para el rearmamento en otros sentidos más “efectivos”, supusieron una inversión ínfima en buques o armamento anti-submarino. La mayoría del gasto naval británico y de sus mejores oficiales, se destinaron a la flota de superficie. Como resultado a esta política, la Royal Navy entró en guerra en 1939 sin la suficiente cantidad de buques escolta u hombres experimentados en la guerra submarina.
Primeras escaramuzas (Septiembre 1.939 – Mayo 1.940).
En 1939, la Kriegsmarine estrechó el cerco a las fuerzas aliadas con la intención de hacerse con el control de los mares. La gran mayoría de los buques de guerra alemanes, se encontraban ya en el mar cuando fue declarada la guerra, incluyéndose entre estos los famosos acorazados de bolsillo (panzerschiff) Deutschland y Graf Spee, que zarparon hacia el interior del Atlántico en agosto y se dedicaron inmediatamente a hostigar a los mercantes británicos y franceses. Tal fue el despliegue alemán, que un submarino, el U-30, hundió el buque de línea SS Athenia a las pocas horas de la declaración de guerra.
La flota de U-boot, que había de convertirse en la dominadora de gran parte de esta campaña atlántica, era exigua en sus inicios, contando con 57 submarinos que en su mayoría eran pequeños y de corto alcance. Eran los Tipo II, inicialmente empleados para sembrar de minas el mar y realizar ciertas operaciones en las aguas costeras de Gran Bretaña. Inmediatamente, la Royal Navy introdujo un sistema de navegación en convoyes para garantizar la protección del comercio del que subsistían, extendiéndose hasta a aquellos convoyes que procedían de lugares tan lejanos como Panamá, Bombay o Singapur.
Pero algunos oficiales navales británicos y especialmente el Primer Lord del Almirantazgo, Winston Churchill, tenían en mente una estrategia más ofensiva, por lo que la Royal Navy formó grupos de caza anti-submarinos que se basaban en el empleo de portaviones que patrullaban las líneas marítimas más frecuentadas. Esta estrategia resultó ser de poca ayuda, ya que los U-boot, con su pequeña silueta, eran capaces de poner en apuros a los buques escolta y sumergirse mucho antes de ser, tan siquiera, avistados. Y aunque se pudieran detectar a tiempo en la superficie, en este período de la guerra, los aviones no disponían de las armas adecuadas para atacarlos y si se lanzaba un aviso para que los escoltas de la flota acabaran con ellos, transcurría mucho tiempo, con lo que a la llegada de los refuerzos, los submarinos habían desaparecido.
Con todo ello, la estrategia de la Jauría de Lobos resultó ser un éxito. El 14 de septiembre de 1.939, el portaviones Ark Royal, el más moderno de la flota británica, a punto estuvo de ser hundido cuando tres torpedos del submarino U-39 le alcanzaron, aunque los destructores de escolta localizaron al sumergible alemán y lo hundieron, convirtiéndose este en el primer submarino que perdieron los alemanes en la guerra. Tres días después, el portaviones Courageous fue hundido por el U-29. A pesar de los golpes que estaban asestando los germanos a los británicos en alta mar, los destructores de escolta continuaron siendo el único medio que se puso a disposición de los desesperados convoyes durante el primer año de guerra.
Pero el golpe que supuso el hundimiento del Courageous fue poco comparado con el impacto que tuvo la proeza que llevó a cabo Günther Prien a bordo de su U-47: penetró en la base británica de Scapa Flow, en Escocia, y hundió el acorazado HMS Royal Oak. A este golpe, se le unía el hundimiento en el Atlántico Sur y el Océano Índico de nueve mercantes de 50.000 toneladas por parte del crucero alemán Graf Spee, aunque los días de gloria del famoso acorazado fueron breves, ya que los británicos lo hirieron de muerte en un duro combate naval y el capitán del buque, decidió hundirlo en la desembocadura del Río de la Plata en diciembre de 1.939.
Tras una explosión inicial de actividad en la campaña del Atlántico, poco a poco se fue “tranquilizando”. Dönitz había planeado un esfuerzo submarino máximo para el primer mes de guerra, con la mayoría de los U-boot disponibles en patrulla durante el mes de septiembre. Obviamente, ese nivel de operatividad no podía mantenerse durante mucho tiempo, ya que los sumergibles debían regresar a puerto para reabastecerse o realizar tareas de mantenimiento. El crudo invierno de 1.939 – 1.940, que congeló gran parte de los puertos bálticos, obstaculizó seriamente la ofensiva alemana, atrapando a muchos U-boot en el hielo. Finalmente, los planes de Hitler de invadir Noruega y Dinamarca en la primavera de 1.940, permitió la retirada táctica de la flota de superficie y los submarinos alemanes para preparar la denominada Operación Weserünbung (la invasión de ambos países).
Como resultado de la campaña en Noruega, se detectaron serios defectos en la principal arma de los U-boot: el torpedo magnético. Aunque los estrechos fiordos daban a los submarinos poco margen de maniobra, la concentración de buques británicos en la zona proporcionaba un más que apetecible objetivo para los U-boot. Pero el defecto de los torpedos alemanes, que explotaban antes de tiempo o bien no llegaban a explotar, hizo que en un total de 20 ataques, no se hundiera un solo buque británico. Y para desgracia de las tripulaciones de los submarinos, estos problemas no quedaron completamente resueltos hasta 1.942.
- Dönitz, Karl, Diez años y veinte días, Ed. La Esfera de los libros, Madrid, 2005.
- Rayner, Denys, Escort: The Battle of the Atlantic, Ed. William Kymber, London, 1955.
- Robertson, Terence, The Golden Horseshoe, London, 1997.
- Blair, Clay, Hitler's U-boat War. Comprehensive history of the campaign , London, 2000.
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- Rohwer, Dr. Jürgen, The Critical Convoy Battles of March 1943, Ed. Ian Allan, London, 1977.
- Woodman, Richard, The Real Cruel Sea; The Merchant Navy in the Battle of the Atlantic, 1939-1943, Ed. Harper and Row, London, 2004.
- Williams, Andrew, The Battle of the Atlantic: Hitler's Gray Wolves of the Sea and the Allies' Desperate Struggle to Defeat Them , Ed. HarperCollins, Canada, 1997. |