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La táctica.


Tácticamente, el oscurantismo y desconocimiento es prácticamente total. Únicamente existe un trabajo que nos permite conocer cómo se desarrolló la estrategia durante la batalla: Lepante, la crise de l´empire Ottoman, de Michel Lesure de la Ecole Pratique des Hautes Études. Podemos extraer de este trabajo que la victoria de la Liga Santa se debió más a una mezcla de clarividencia mental y fanatismo religioso que al resultado de un buen planteamiento táctico.
Sin embargo, las evidencias parecen contradecir este punto de vista, porque sabemos que Lepanto fue sagazmente preparada y muy bien combatido por ambas partes. Los planes de batalla de ambos comandantes, Don Juan y Alí Pashá, fueron bien concebidos, sofisticados y muy comprensibles, sin ser excesivamente complicados, y sobretodo, ambos planes hicieron el mejor uso posible de su disposición de fuerzas.

 
Galera veneciana, idéntica a las que combatieron en Lepanto.
Galera veneciana, idéntica a las que combatieron en Lepanto.

La divergencia de metas entre los componentes de la Liga Santa, fue sin lugar a dudas determinante en los objetivos tácticos de los cristianos. Venecia pretendía una guerra corta y una paz rápida, algo que los españoles consideraron casi como traición a su justa y santa campaña. Pero esta divergencia de opiniones se debe, como podemos entender, a que por un lado los venecianos dependían por entero del comercio mediterráneo, mientras que los españoles basaban la fuente de su riqueza interna en el comercio con las Américas, con lo que hicieron del enfrentamiento con los turcos, poco más que una guerra de moral, una Cruzada, una Guerra Santa.

Esta confrontación básica entre los aliados, así como otras motivadas por el temas más complejos de los entresijos en el gobierno de Felipe II y de sus posesiones en Italia, desembocaban en la altísima probabilidad, tal y como se narra en el pasaje de este documento sobre el encontronazo entre venecianos y españoles, de una deserción masiva en cualquier momento, tanto por un lado como por otro y eso es algo que Don Juan de Austria sabía a ciencia cierta. Con esto en mente, el orden de batalla de los cristianos asume un considerable significado. Según podemos analizar, el orden de batalla musulmán provee un mejor control de los cuatro grupos en que se dividían sus fuerzas, a pesar de que entre éstas se encontraba también una pequeña divergencia en la forma de entender el combate, puesto que participaban fuerzas norteafricanas ghazi (o soldados de la Fe, equivalentes a los cruzados cristianos), la necesidad de un mando unificado estaba muy clara entre el contingente musulmán.

El hecho de que en la formación cristiana las galeazas formaran en primera línea, se debía al hecho de que se deseaba mantener la integridad táctica de toda la línea, absolutamente vital para las fuerzas de la Liga: si bien las galeazas eran menos maniobrables que sus rivales musulmanas, eran más poderosas tácticamente, particularmente en un combate de tipo frontal, tratando de romper la línea enemiga. Por supuesto, este hecho era de sobra conocido por los musulmanes y la disposición en forma de T de las fuerzas cristianas, con un centro principal, dos alas y una reserva a popa, permite vislumbrar con claridad el tipo de enfrentamiento que buscaba Don Juan.

El día de la batalla, cada una de las alas de la flota cristiana contaba con 53 galeras, lo que representaba el máximo número posible de galeras que podrían maniobrar en línea sin perder la integridad de la formación. El ala derecha de los musulmanes disponía de 54 galeras, seguramente por la misma razón. Sin embargo el ala izquierda contaba con al menos 77 galeras, si bien no hay razón para pensar que intentarían rodear el flanco cristiano individualmente, sin mantener la formación.

El centro cristiano, con menos necesidad de maniobrar que las alas, disponía del mayor número de galeras en combate, encontrando su espejo en el lado musulmán que también tenía claro el concepto. Este no era otro que en los planes de ambos contendientes se daba al centro la mayor importancia táctica y a sus alas la obligación de superar el flanco enemigo para cerrar una bolsa en la que acabar con la flota adversaria.
Una de las primeras y mejores decisiones que tomó Don Juan, fue romper los contingentes nacionales, distribuyéndolos entre los diferentes escuadrones para prevenir la temida deserción masiva en un punto crítico de la batalla. Su  asignación de mando subordinado refleja claramente su filosofía: Don Juan en su buque Real dirigía el centro personalmente, flanqueado en el puesto de honor y en el centro exacto de la línea por Sebastián Veniero, en su Capitana de Venecia; a la izquierda dispuso a Marco Antonio Colonna, el comandante de las flotas de la Santa Sede; y a la derecha, en la Capitana del Papa, un veneciano, Agostino Barbarigo, que comandaba el ala izquierda, mientras que Juan Andrea Doria, dirigía la derecha. El español Álvaro de Bazán estaba al frente de la escuadra de reserva.

Finalmente, y menos obvio, los factores humanos afectaron en la forma en que las galeras fueron diseñadas y tripuladas, un punto que es crucial para entender la batalla de Lepanto y los conflictos navales mediterráneos en general. No podemos decir que las galeras venecianas fueran mejores que las españolas o las papales. Tampoco podemos decir que la galera napolitana fuera superior a la turca o al galeón norteafricano, ya que cada una de ellas fue diseñada, construida y armada para extraer el máximo beneficio táctico de los recursos humanos disponibles.

Mapa de la distribución de las flotas en la batalla (pulsar para ampliar).
Mapa de la distribución de las flotas en la batalla (pulsar para ampliar).

Los buques empleados en la batalla.
Una vez claras estas apreciaciones, se puede admitir que actualmente, para los que somos casi neófitos en la materia, se hace muy complicado distinguir entre una galera ordinaria española, maltesa, veneciana o musulmana sin la referencia de sus banderas, pendones u otros distintivos heráldicos. Todas tenían cascos que rondaban los 45 metros de eslora por 5 a 8 de manga, puente para remos y bocas de fuego, dispuestas en batería, con cañones que rondaban entre los 1.500 y 2.600 kilogramos y disparaban balas de hierro de entre 15 y 19 kilogramos. Estos cañones estaban invariablemente flanqueados por un par de pequeños cañones que pesaban entre 550 y 1.100 kilogramos y disparaban proyectiles de entre 4 y 5 kilogramos. A su vez, estaban flanqueados por un segundo par de cañones que eran aún más pequeños, pesaban entre 300 y 1.100 kilogramos y disparaban proyectiles de unos 3 kilogramos. Una o más de estas piezas laterales (el segundo par de ellas, eran denominadas por los turcos Õayka topu) podían haber sido cañones de peso similar o quizás algo menos, diseñados para disparar balas de piedra pulida, que pesaban casi el doble que sus equivalentes de hierro. Estamos, por supuesto, hablando en general, a fin de dar una idea global de lo común de la galera de guerra en el Mediterráneo hacia la segunda mitad del S.XVI.

Las diferencias surgen, sin embargo, cuando profundizamos un poco y observamos el detalle de los tipos de galera según su procedencia, ya que el armamento varía. El cañón español, en general, era más largo y pesado de lo normal. Los venecianos eran más cortos, ligeros y disparaban proyectiles más grandes. La superioridad técnica de la artillería veneciana, probablemente les permitió dispensar en sus naves un tercer par de piezas de flanco más pequeñas aún, frecuentemente montadas en las galeras del oeste del Mediterráneo.
Antes de volver a la forma en que los factores regionales y económicos afectaron al diseño de las galeras, debemos revisar una serie de puntos de un corte menos técnico para poder determinar el escenario de nuestro análisis táctico.

El primero de estos puntos es la galeaza, que ha sido representada en la tradición naval occidental como un torpe y pesado híbrido, un barco de guerra con remos. De hecho, eso es lo que exactamente indica su nombre, una gran galera. Las seis galeazas cristianas que combatieron en Lepanto (recordemos que los musulmanes no disponían de ninguna) eran mercantes venecianos que habían sido apartados en dique seco algunos años antes, cuando los costes de construcción para su mejora y el consecuente aumento de tripulación, las hizo económicamente inviables. Pero cuando las hostilidades fueron en aumento, se aprovechó su enorme y estable casco, producto de su pasado como mercantes, para adecuarlos a un nuevo y pesado armamento. Cada galeaza montaba, probablemente, cuatro o cinco cañones, equivalentes a toda la línea de cañones de una galera, más los suficientes cañones como para haber dotado del armamento secundario y terciario a cinco galeras. De este modo, las galeazas eran mejores cuando navegaban a vela que las galeras, lo que era una pequeña ventaja táctica. Eso sí, eran muy difíciles de maniobrar y por supuesto, considerablemente más lentas cuando navegaban a remos.


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Bibliografía.


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