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Las Termópilas.


El ejército persa inició su desplazamiento hacia el sur, desde Macedonia, a la vez que la coalición griega llegaba a las Termópilas cuya orografía estaba formada por un desfiladero estrecho, ubicado entre el monte Otea y el mar, por donde apenas podía pasar un carro de frente. La clave del éxito de los griegos, residía en que en este reducido espacio natural, las tropas lideradas por Leónidas pudieran hacer frente a pequeños contingentes de tropas persas, ya que la maniobrabilidad y efectividad del inmenso ejército persa se veía limitada por el propio desfiladero, que obligaba a que las tropas se fueran apelotonando a la entrada del mismo, causando un efecto “embudo”, que era precisamente lo que pretendían los griegos.

 
Imagen actual de la entrada al desfiladero de las Termópilas.

Quizá alguien se pregunte, entonces, ¿por qué razón no rodearon el desfiladero y sorprendieron a los griegos por los flancos frontal y posterior?. La respuesta es sencilla: los persas desconocían la posibilidad de que este desfiladero pudiera ser rodeado, puesto que era el único paso conocido para llegar a las llanuras de Beocia. El secreto de una ruta alternativa era algo que sólo los lugareños conocían.
A comienzos de agosto del año 480 a.C., cuando los exploradores persas llegaron a inspeccionar la zona para averiguar el número de soldados aproximado de que disponían las fuerzas griegas, lo único que consiguieron ver fue, precisamente, a los espartanos. Estaban delante de la valla que cerraba el paso, en la entrada del desfiladero. Habían apoyado sus armas contra el muro y algunos hacían gimnasia mientras los otros se peinaban el cabello.
Jerjes fue informado al respecto y la actitud de los espartanos le sacó de quicio: actuaban como si aquello no fuese con ellos. Tuvieron que explicarle que los espartanos se comportaban siempre de aquel modo antes de un combate, puesto que formaba parte de su formación como guerreros la actividad física previa a una batalla y se peinaban para no afrontar la muerte con un aspecto “desacorde” al momento de morir, para el que se habían preparado toda la vida. Es muy conocida la leyenda, según narró Heródoto, en la que al ver los hóplitas el inmenso cuerpo del ejército persa, algún combatiente griego pesimista anunció que los persas eran tan numerosos que si disparaban todos sus flechas al mismo tiempo, oscurecerían al Sol. Como respuesta, un espartano llamado Diéneces respondió: "Mejor, así pelearemos a la sombra".

Al quinto día de sopesar las posibilidades de sus oponentes, dio la orden de atacar. La totalidad de los más de 100.000 hombres del ejército persa se estrellaron contra la cerrada formación hoplítica. Oleada a oleada, el ejército persa trató de romper en vano la formación griega.

Jerjes montó en cólera por la futilidad de los ataques realizados. Al día siguiente decidió lanzar sus mejores tropas, los denominados "Los Inmortales", llamados así porque su número era constante: a las bajas producidas por el combate o por la enfermedad se las cubría inmediatamente. De este modo, el número del contingente era siempre estable: 10.000 hombres.
Sin embargo, fue en vano: las lanzas de “Los Inmortales” eran mucho más cortas que las de los hóplitas griegos y para que el ataque tuviera un resultado aceptable, era imprescindible una maniobrabilidad que permitiera hacer valer su mayor número.
Además, durante la batalla, los espartanos emplearon una táctica que, más tarde, sería básica para Atila y los hunos: a la vista de un ataque enemigo, las tropas espartanas simulaban batirse en retirada como presas del pánico. El enemigo, creyendo que huían, se les tiraba encima desordenadamente. En el último momento, sin embargo, las formaciones espartanas daban media vuelta, tomaban posición y se lanzaban al ataque, tomando a los persas por sorpresa.

Las Termópilas y el movimiento de tropas de toda la campaña.



A lo largo de todo el segundo día los persas, con sus tropas de élite, trataron de forzar la resistencia de los griegos, sin ninguna clase de éxito. Las vallas seguían allí y, delante de ellas, los espartanos encabezados por Leónidas, que no habían cedido un solo metro. Ya iban transcurridas 48 horas de combate, desde el amanecer hasta la caída del sol.
Al finalizar el tercer día de combates, apareció ante el rey Jerjes un griego (focense) llamado Efíaltes quien indicó a los persas la existencia de un pequeño paso de montaña que permitía atravesar la cadena montañosa sin necesidad de cruzar el desfiladero para llegar a espaldas de Leónidas y su ejército.
Jerjes destacó a su General Hidarnes con un ejército para que avanzara por el paso que el traidor había revelado y apareciese por la retaguardia de Leónidas. Hidarnes juntó a sus hombres y partió al anochecer. Marchó durante toda la noche y a la mañana del día siguiente estaba en el otro lado del desfiladero.

Al amanecer, en el campamento griego podía verse la larga fila de enemigos descendiendo de la montaña. Sabían que era el fin.
Leónidas supo entonces que le quedaba poco tiempo. Era consciente de los hombres de su ejército original, era toda la infantería que se había podido movilizar. Todos los demás estaban sobre los barcos, en Artemisión. Si combatía hasta el final en las Termópilas, se perdería todo el ejército griego y la armada sería el último bastión de defensa griega. Así que decidió que se informara a la armada para que se dirigiera hacia el sur, al estrecho de Salamina y ordenó a todo su ejército que se retirara en dirección a donde se dirigiría la armada , pidiendo que se quedaran con él únicamente los espartanos y los tebanos.
Sin embargo los 700 tespios no se fueron. Le pidieron a Leónidas su autorización para quedarse y tener el honor de morir con él.
En la mañana de ese día comenzó el último de los combates por el desfiladero de las Termópilas. Leonidas y sus espartanos no esperaron a que llegara Hidarnes para cogerles entre dos frentes. Salieron, se pusieron en formación de combate sobre una loma delante de las vallas y avanzaron contra las tropas de Jerjes. Es decir: se lanzaron ¡hacia adelante! Ni siquiera intentaron forzar a Hidarnes a presentar batalla. Quizá, de haber atacado a Hidarnes, podrían haber tenido alguna remota posibilidad de salir hacia el sur, hacia Atenas.
Los persas cayeron sobre los espartanos como una marea. Pero esta vez los líderes persas no iban delante. Iban detrás, según nos narra Herodoto golpeando a sus tropas a latigazos para que avanzaran, ya que la masa del ejército persa no se atrevía a enfrentarse a los espartanos, que resistieron hasta que la avalancha les fue destrozando las enormes lanzas y se vieron superados en número durante el cuerpo a cuerpo. Fue en uno de los primeros envites en el que falleció Leónidas.
Alrededor de su cadáver se produjo un tumulto infernal. Los espartanos defendían el cadáver, mientras miles de persas trataban de llegar hasta él. Dos hermanos de Jerjes, Abrocomas e Hiperantes, cayeron muertos en el mismo lugar. Y, aunque parezca increíble, los espartanos llegaron a rescatar el cadáver de su líder. No sólo eso, sino que batieron a los persas en retirada ¡cuatro veces!.
Pero finalmente llegó Hidarnes y para no quedar completamente entre dos fuegos, el apenas centenar de tespios y espartanos que aun resistía, se replegaron contra un muro vertical de la cadena montañosa. De espaldas a este, soportaron una lluvia de proyectiles proveniente de más de 100.000 hombres y como es previsible, sucumbieron ante semejante castigo.
La batalla de las Termópilas finalizó de este modo con la muerte de todos los defensores griegos, pero costó a los persas 20.000 víctimas. Una clara premonición de que la resistencia iba a ser muy dura y que las tropas griegas, acantonadas en Salamina, contarían además con el revulsivo que más motiva a los soldados: la venganza.



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Bibliografía.


- Heródoto, Historia, VII 219-228 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.
- Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, vol. II. Atlas Culturales del Mundo, Ediciones del Prado, 1992.
- Esquilo, Los Persas, 353-433 y 447-470, traducción de Bernardo Perea, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1993.
- Revista Historia National Geographic.
- Revista Historia y Vida.


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