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Introducción: inicio de las hostilidades con Persia.


En el año 480 a.C., Jerjes (519–465 a.C.), sucesor en el trono de Persia de Darío I (que reinó entre 486-465 a.C.), había conseguido el apaciguamiento de los constantes focos de rebelión en Egipto, provincia del Imperio Persa que fue confiada a su hermano Aquemenes.
Antes de reiniciar lo que su padre no había finalizado (el sometimiento de los griegos al Imperio Persa), envió a Grecia embajadores a todas las ciudades para pedirles tierra y agua, símbolos de sumisión. Muchas islas y ciudades aceptaron, pero no así Atenas y Esparta. Según cuenta la leyenda, los espartanos respondieron a los embajadores "Tendréis toda la tierra y el agua que queráis", y los arrojaron a un pozo, lo que se puede considerar que es una declaración de intenciones bastante obvia.

 
Jerjes (a la izquierda) representado en un mural de su palacio de Persépolis.


Fue en este momento cuando reestableció las hostilidades con los griegos, si bien la excusa fue el apoyo de las polis griegas a la rebelión de aquellas que estaban en Asia Menor (también griegas), dominada por los persas, e inició una marcha hacia el Ática, dando de esta forma comienzo a la Segunda Guerra Médica. Según narró Homero: "Llevaban en la cabeza una especie de sombrero llamado tiara, de fieltro de lana; alrededor del cuerpo, túnicas de mangas guarnecidas a manera de escamas; cubrían sus piernas con una especie de pantalón largo; en vez de escudos de metal portaban escudos de mimbre; tienen lanzas cortas, arcos grandes flechas de caña de aljabas y puñales pendiendo de la cintura".

Esta marcha fue preparada con la mayor de las meticulosidades, ya que el monarca no tenía intención de cometer el mismo error que cometiera su padre, Darío I, quien en el año 490 a.C. se enfrentó a los griegos en la batalla de Maratón y sufrió una humillante derrota, debido en gran parte, a lo menguado de sus fuerzas expedicionarias, puesto que los orgullosos persas consideraron que eran suficientes para someter a los griegos. Por ello, Jerjes decidió invadir el Ática con un contingente de tropas que, según las fuentes clásicas, superaban con creces los 100.000 hombres.

Partió de Sardes (a la sazón antigua capital de Lidia), y cruzó el Helesponto habiendo preparado previamente una gran obra de ingeniería que consistió en la construcción de dos gigantescos puentes hechos de barcos anclados y unidos por enormes cuerdas. De este modo inició el camino para enfrentarse a la coalición griega que había apoyado la revuelta de las colonias de Asia Menor. Él mismo iba al frente de sus tropas, demostrando de este modo la importancia que tenía para él, la campaña en Grecia. Dentro del plan que tenía trazado, marchó a través de Tracia y se internó por Macedonia en dirección al Ática.

Durante este período de marcha persa, los griegos se unieron bajo una coalición denominada Unión Griega, concretada en un congreso realizado en la ciudad de Corinto, en el que participaron la práctica totalidad de las polis griegas. Algunas, como las ciudades jonias de Asia, las insulares (Andros, Thenos y Paros), Tesalia y Beocia tomaron el partido del rey persa (por temor o compradas por el oro persa), mientras que otras como Tebas y Argos decidieron permanecer neutrales, en tanto que los demás pueblos griegos - Atenas, Esparta, Tespia y los argivos a la cabeza- se comprometieron a no terminar la guerra sino mediante una decisión común.

En este congreso, se decidió solicitar ayuda a los más lejanos lugares del mundo griego (Sicilia, Creta y Cocira) ya que la amenaza persa era considerada de gran calado y cualquier ayuda se consideró insuficiente. Sin embargo, esta ayuda externa no llegó jamás.
También en el congreso celebrado en Corinto se trazó la estrategia a seguir para tratar de poner freno al avance persa: se decidió plantar resistencia en el desfiladero de las Termópilas, mientras que se consensuó que la escuadra aliada se establecería en el extremo de la isla de Eubea, junto a un santuario dedicado a Artemisa: Artemisión.

Más difícil fue la decisión de un mando común, pero finalmente se optó porque el  rey espartano Leónidas defendiera el desfiladero de las Termópilas, en tanto que el ateniense Temístocles protegería Atenas.
De este modo, Leónidas se dirigió hacia las Termópilas al frente de 300 espartanos, 700 tespios y 400 tebanos, que finalmente se habían alineado en la causa nacional.

Se inicia de este modo la gran batalla por la supervivencia de la cultura griega.



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Bibliografía.


- Heródoto, Historia, VII 219-228 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.
- Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, vol. II. Atlas Culturales del Mundo, Ediciones del Prado, 1992.
- Esquilo, Los Persas, 353-433 y 447-470, traducción de Bernardo Perea, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1993.
- Revista Historia National Geographic.
- Revista Historia y Vida.


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