Una vez superado el primer gran escollo de las Termópilas, la oleada persa se abatió sobre el Ática, dispuesta a arrasar Atenas, en plena vorágine de la evacuación ante lo inevitable.
Los griegos contaban con un total de 368 galeras, pertenecientes en su mayoría a los atenienses, pero también participaban naves espartanas, varias de Corinto, Egina, y otras que procedían de las islas de Calcis, Naxos, Melos y del Peloponeso (Sicione, Trezene, Epidauro y Hermione). Con estas mismas naves, se dedicaron a trasladar a toda la población ateniense a la isla de Salamina.
Cuando los persas llegaron a Atenas, ya evacuada, pasaron a cuchillo a la pequeña guarnición que quedaba y arrasaron la ciudad hasta los cimientos, entregándose al saqueo. Una vez que los griegos supieron del saqueo de Atenas, se reunieron en Consejo de Comandantes, donde la mayoría opinaba que lo mejor era retirarse al istmo de Corinto, lugar al que en principio se dirigían, cuando Temístocles llamó a Consejo al almirante espartano Euribíades.
Propuso a este y al Consejo reunido con carácter de urgencia, que la mejor opción de que disponían era combatir a los persas en la bahía de Salamina ya que era un espacio reducido donde los persas no podrían desplegar todas sus fuerzas (un total de más de mil embarcaciones), y en caso de retirarse, correrían el riesgo de ser alcanzados en alta mar y aniquilados.
Estando los persas ya muy cerca de Salamina, los griegos, atemorizados, decidieron volver a reunir el Consejo. La mayoría de ellos opinaba que era mejor retirarse a Corinto, y Temístocles viendo que no había forma de convencerlos, envió a escondidas a un mensajero para que se entrevistase con Jerjes. El emisario, llevó la siguiente misiva:”El Comandante de los atenienses les hace saber que está de acuerdo en someterse al Gran Rey, pero advierte que los griegos se disponen a huir, no les dejen escapar”. Esta aparente “traición”, no era más que una estratagema que obligaba al enemigo a combatir donde los griegos tenían más posibilidades. Temístocles confiaba en que los persas llegaran antes de que el Consejo decidiera desplazar toda la flota a Corinto y de este modo, combatir donde le interesaba.
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Escenario de la batalla de Salamina y posición de las flotas. |
Mientras Jerjes pensaba que Temístocles había entregado a los griegos y forzó a su flota a que se apresurara en dirección al lugar en que estaban los griegos, en Salamina se seguía discutiendo sobre la idoneidad de permanecer en aquel lugar, hasta que en un determinado momento, entró Arístides que llegaba de Egina diciéndole a Temístocles “Dejemos nuestras querellas para otra ocasión, y por el momento luchemos todos juntos contra nuestro verdadero enemigo”. Posteriormente informó que los persas ya habían cerrado la bahía de Salamina con su flota, por lo que los griegos estaban obligados a combatir: la trampa de Temístocles se había cerrado.
Jerjes pasó toda la noche ordenando su flota en posición de batalla y para el amanecer, los griegos y los persas estaban unos frente a otros. Así, en septiembre de 480 a.C. tuvo lugar la batalla naval de Salamina, que fue presenciada desde un trono, emplazado a tal efecto en la costa del Ática, por el propio rey Jerjes.
Sonaron las trompetas griegas, la flota inició su movimiento según la estrategia que ya tenían perfilada: sus alas envolverían a los navíos persas y los empujarían unos contra otros para privarlos de movimiento. En determinado momento una galera griega chocó a un barco fenicio por el costado, abriéndole una brecha y posteriormente la batalla se generalizó: los persas peleaban en desorden, puesto que se hallaban tan amontonados entre ellos que incluso chocaban.
Jerjes observaba todo los movimientos de la batalla desde su trono en lo alto de una colina. Tras varias horas de lucha, los atenienses pusieron en fuga a los barcos fenicios, pasando a atacar entonces a los jonios. Pero estos, al retroceder, chocaron contra otros barcos persas que se adelantaban; los persas caían al agua y morían golpeados a remazos, la mayoría perecieron ahogados. El poeta Esquilo, que tomó parte en la batalla comentó: “Los persas eran muertos a golpes como atunes cogidos en una red”.
Las naves persas, mayores en tamaño, no pudieron evitar las ágiles maniobras de los pequeños barcos griegos que las envolvieron y encerraron en la pequeña rada de Salamina. Pereció en el combate el almirante persa Ariabigne, hijo de Darío y hermano de Jerjes, entre otras personalidades cercanas al rey.
La derrota persa se había consumado y la estrategia de Temístocles había resultado genial: la inferioridad numérica había sido aprovechada en beneficio de una flota griega mejor preparada, organizada y motivada por los recientes acontecimientos de las Termópilas. Tal y como comentó Plutarco a tal efecto: "Los helenos sabían que cuando llega la hora del combate, ni el número ni la majestad de los barcos ni los gritos de guerra de los bárbaros pueden atemorizar a los hombres que saben defenderse cuerpo a cuerpo, y tienen el valor de atacar al enemigo".
El día posterior a la derrota, los persas se retiraron, ordenando Jerjes a su primo Mardonio el mando de las mejores tropas, unos 300.000 infantes y llevándose él al resto. En el camino de regreso a Mesopotamia parece ser que buena parte del ejército de Jerjes murió de hambre, sed y enfermedades, mientras que Mardonio pasó el invierno en la Tesalia donde reclutó a griegos del Norte, tratando de forzar el istmo de Corinto.
En primavera volvió a atacar Atenas, donde le recibió una embajada de Mardonio, (encabezada por un personaje macedónico llamado Alejandro), en la que el rey persa ofrecía la paz a los atenienses, comprometiéndose a ayudarles a restaurar la ciudad, si Atenas se mostraba neutral, y aún se ofrecía a ayudarles para conquistar el Peloponeso, acabando con la hegemonía espartana en aquella península.
Esta oferta fue rechazada por los atenienses, que mantuvieron su alianza con Esparta, a la que demandaron ayuda para pasar a la ofensiva contra las tropas de infantería persa. Esparta envió, al cabo de un año, un ejército de 40.000 hombres, pero Atenas ya había sido reconquistada por Mardonio y sus habitantes habían huido de nuevo a Salamina, esperando la llegada de los espartanos.
La llegada de los espartanos supuso el inicio de la que se denominó batalla de Platea, pero esa, ya es otra historia
- Heródoto, Historia, VII 219-228 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.
- Michael Roaf, Mesopotamia y el antiguo Oriente Medio, vol. II. Atlas Culturales del Mundo, Ediciones del Prado, 1992.
- Esquilo, Los Persas, 353-433 y 447-470, traducción de Bernardo Perea, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1993.
- Revista Historia National Geographic.
- Revista Historia y Vida.
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