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Batalla de Isla Terceira
Primeros movientos y compsición de las flotas.


Los agentes al servicio de Felipe II, habían seguido el peregrinaje de Don Antonio por Europa y habían alertado de la salida de la flota de Strozzi. Arrinconado en las Azores, Don Antonio no parecía un serio rival, pero habiendo obtenido tropas y buques, obligaba a Felipe a organizar rápidamente una flota con la que hacerle frente. Para ello en Lisboa se habían concentrado 36 barcos capitaneados por Don Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, quién desde 1.576 era Capitán General de Galeras. Felipe II le concedió el título de Marqués de Santa Cruz por su triunfo en Lepanto y ahora volvía a recurrir a su mejor marino. Al mando de una flota oceánica de galeones y mercantes armados con grandes cañones, Don Álvaro iba a encontrarse con un combate naval sin precedentes, pues nunca antes habían luchado en mar abierto un grupo numeroso de barcos de semejante tamaño y tan fuertemente armados.

Así, en la primavera de 1.582, Don Álvaro recibe la orden de preparar en Sevilla y Lisboa la flota que debía conquistar la isla Terceira. Se mandan construir 80 barcas de desembarco, prepara 12 galeras y 60 naos gruesas, más pataches y embarcaciones ligeras de protección. Un total de 6.000 hombres, entre los que se encontraban partidarios portugueses de Felipe II, se embarcan en la aventura que supondrá la batalla por la Isla Terceira.

Flota combinada de los corsarios franceses anclada frente a Punta Delgada: poco después se iniciaría la batalla (ilustración de la época).
Flota combinada de los corsarios franceses anclada frente a Punta Delgada: poco después se iniciaría la batalla (ilustración de la época).

La flota española estaba compuesta de dos galeones del rey, 10 naos guipuzcoanas, ocho portuguesas y castellanas, 10 urcas flamencas, una levantisca y cinco pataches. Pero dos de las urcas desaparecieron en la noche del 24 de julio, tres naves se demoraron en Lisboa, la levantisca llegó tarde y uno de los pataches había sido apresado, por lo que, en el momento del combate, solo tenía 25 bajeles de guerra.
El mando de la flota francesa lo tenía Felipe Strozzi, hijo de Pedro Strozzi, Mariscal de Francia, y le secundaba Charles de Brisac, Conde de Brisac, también hijo de Mariscal de Francia y además se encontraba en ella Don Francisco de Portugal. Llevaban 60 navíos con entre 6.000 y 7.000 infantes y arbolaban la bandera blanca con la flor de lis dorada.

El 10 de julio, teniendo noticias de que la armada francesa se encuentra ya en la mar, Don Álvaro zarpa de Lisboa. Izó su estandarte en un gran galeón portugués armado con 48 cañones, el San Martín, de 1.000 toneladas y puso rumbo a las Azores. El Maestre de Campo, Don Lope de Figueroa, quien mandaba las compañías del Tercio embarcado, unos 6.000 hombres, se encontraba a bordo de otro galeón portugués, el San Mateo, de 36 cañones. Otro reputado marino, el Capitán General de la Armada de Guipúzcoa, Don Miguel de Oquendo (padre de otro futuro gran Almirante de España, don Antonio de Oquendo), tenía el mando de una escuadra de mercantes armados, mientras que otra escuadra reunía a los mercantes y buques auxiliares. El mismo Don Álvaro aportaba una escuadra de galeazas de su propiedad, que armaban unas 50 piezas de artillería cada una, y que a diferencia de las que participaron en Lepanto, solían navegar principalmente a vela. Se esperaba además, que en un momento u otro se uniera a esta flota la escuadra de Don Juan Martínez de Recalde.
Al poco de zarpar, la flota española se encontró con una tormenta que dispersó las escuadras obligando a cuatro barcos a regresar a Lisboa. La flota de Don Álvaro consiguió reagruparse anclando el día 22 de Julio en Villagranca, al sur de la isla de San Miguel, pero la flota de Strozzi se encontraba en las Azores ya desde el día 14.

El desembarco francés y la llegada de los españoles.
Los franceses habían llegado entre el 14 y el 15 de julio a San Miguel, con Don Antonio como orgullosa cabeza visible de esta imponente fuerza de combate. Los vientos fueron muy favorables durante la travesía y la mejor noticia que pudieron certificar, nada más llegar, es que no había rastro de las tropas de Felipe II. Ante esta inesperada sorpresa, Don Antonio envía emisarios a tierra a fin de que los defensores rindieran la isla sin oponer resistencia. Pero la respuesta fue negativa y no le quedó al portugués otro remedio que atacar a las guarniciones. Tras bombardear las fortificaciones de la isla durante el 15, 16 y 17 de julio, finalmente lanzan a tierra a tres mil infantes, entre las villas de Lagoa y Rosto de Cão, cogiendo de improviso a los defensores, parte de los que pudieron, huyeron con sus familias y pertenencias al interior de la isla. Ante la avalancha que se avecinaba, los que quedaron, se refugiaron en el castillo de São Brás.
Mientras tanto, Don Antonio desembarcaba con dos mil soldados en el mismo puerto, y los franceses se adentran en la isla, saqueando todo lo que encuentran a su paso y asesinando a 200 portugueses que opusieron resistencia al avance francés. En la mañana del 17 de julio, una compañía de franceses y portugueses que habían estado saqueando la villa de Lagoa y procedía al reconocimiento del norte de la isla, se encontró en el Pico do Cháscalo con un destacamento de tropas castellano-portuguesas que habían huido de Punta Delgada. En el enfrentamiento que siguió, fallecieron 25 españoles y 50 franceses. Tras esta escaramuza, los franceses continuaron saqueando las villas de Fenais da Luz y de Faja de Cima, así como los arrabales de Punta Delgada. Fue tan cruenta la masacre perpetrada por los franceses, que en un momento determinado, Don Antonio impuso la pena de muerte “a cualquier soldado del ejército que tan siquiera tocase a un solo vecino de la isla”. Curiosamente, en el lugar, actualmente llamado Batalha, se encuentra un conocido campo de golf. Como cambian las cosas…

Una vez controlada la mayor parte de la isla, Don Antonio se establece en Franca do Campo, con la intención de rendir el último obstáculo que quedaba: las fuerzas castellanas atrincheradas en el castillo de São Brás. Mientras preparaba el asalto, es informado de la llegada de la armada de Don Álvaro de Bazán y ordena a todas sus tropas la finalización de las hostilidades en tierra y el embarque inmediato. La intención era combatir antes de que llegara todo el grueso de la flota castellana, puesto que faltaban aún las naves de Andalucía
Nada más llegar los españoles, se ordena a Don Miguel de Oquendo reconocer la isla y encontrar a la flota francesa, hallándola en Punta Delgada, doce millas al oeste de donde se encontraba el grueso de la flota de Don Álvaro. Se contaron hasta 56 barcos franceses, con lo que la flota francesa era numéricamente superior; sin embargo, el promedio de tamaño de los buques franceses era menor que el de los españoles y portugueses, impuesto sobre todo por el escaso calado de los puertos franceses, proporcionándoles a cambio la ventaja de ser muy maniobrables y buenos veleros. Don Álvaro convocó una reunión de los capitanes de su flota para celebrar consejo. Entre ellos se encontraban Don Pedro de Toledo, Maestre General de Campo, Don Pedro de Tassis, Comisario General, Don Francisco de Bobadilla y otros oficiales. Todos acordaron entablar combate inmediatamente aún contra un enemigo superior en número sin esperar la llegada de los refuerzos de la escuadra de Recalde.

Vista del castillo de São Brás, lugar en que se atrincheraron las tropas españolas resistiendo hasta la llegada de sus compañeros.
Vista del castillo de São Brás, lugar en que se atrincheraron las tropas españolas resistiendo hasta la llegada de sus compañeros.

Se establecen las posiciones y se inicia el combate.
La distribución táctica determinada por los españoles tras la deliberación del consejo, sería la siguiente. Una vez la flota estuviera en alta mar, se organizaría una formación cerrada en línea de frente. Don Álvaro, a bordo del galeón San Martín, iría en el centro de la formación, flanqueado a su derecha por el San Mateo, gobernado por Don Lopo de Figueroa, y a su izquierda una urca, en la que iría Don Francisco de Bobadilla junto con otras cuatro naves de socorro. El resto de la formación de combate iría en sus puestos habituales, dejándose en la retaguardia a Don Cristóbal de Eraso, debido a que había partido el mástil de la nave en que viajaba durante el viaje de ida a las islas. Sumaban las naves castellanas un total de 27 navíos.

Pero a diferencia de las galeras, que utilizaban los remos para lanzarse al ataque en cualquier dirección sin preocuparse del viento, los galeones propulsados únicamente por el velamen de su aparejo, podían quedar inmóviles por la ausencia de viento. Así, mientras Don Álvaro bordeaba la costa del este de San Miguel, aproximándose a la ciudad de Punta Delgada, arribó hasta la escuadra una pinaza con noticias de Punta Delgada. El gobernador le comunica que los franceses habían desembarcado con unos 6.000 hombres en la isla el 15 de julio, contando con 58 embarcaciones pequeñas y 28 navíos. Habían saqueado la villa de La Laguna y tomado Punta Delgada, salvo el castillo. Que el almirante Peijoto, en vez de hacerse a la mar, se arrimó al castillo, resultando apresadas las naves guipuzcoanas y varadas en los escollos dos carabelas y dos galeones. Que la gente de los barcos se había refugiado en el castillo, por lo que con más de 500 hombres, con lo que pudo resistir. Y que al ver que los franceses se retiraban, en vez de hacerse fuertes en Punta Delgada, supusieron que había llegado la escuadra española, por lo que despacharon la pinaza para avisarles.
Al día siguiente, 23 de julio, y durante tres días más, la escasez de viento no permitió combate alguno, con lo que únicamente se lanzaban andanadas, prácticamente infructuosas, entre ambas escuadras, que se hallaban a poco más de una legua la una de la otra y a unas cinco de la Isla de San Miguel.

El día 26 de julio amaneció casi en calma, pero a las ocho de la mañana comenzó a soplar viento del oeste y de nuevo los franceses se encontraron con la ventaja del barlovento. Al mediodía se levantó una brisa que puso en orden de combate a ambas escuadras. Durante estos tres días, Strozzi había contado siempre con la ventaja del barlovento, pues el viento había soplado siempre desde detrás de su flota y de cara a la flota española, permitiendo a los franceses colocarse en la mejor posición para elegir el punto de la formación española donde lanzar su ataque. Situado a sotavento, Don Álvaro trató en repetidas ocasiones de mejorar su posición, pero los barcos franceses, más rápidos y manejables, acababan siempre por volver a la zona desde donde soplaba el viento. Sin embargo, durante la noche del 24 de Julio, consiguió hacer virar su flota entre la oscuridad sin ser detectado y cuando amaneció, la flota española estaba situada detrás de la flota de Strozzi y con el viento a favor.

Como decíamos, ese 26 de Julio, las dos flotas se encontraban a unas dieciocho millas de la costa. A mediodía, al norte de la isla de San Miguel, las dos flotas navegaban en formación de línea separadas por dos o tres millas y en cursos paralelos pero contrarios. Strozzi se dirigía hacia el oeste y Don Álvaro de Bazán hacia el este.

En este momento el buque del Maestre de Campo Don Lope de Figueroa, el galeón San Mateo, se aparta de la línea hacia barlovento. Los franceses creen que pueden aislarle de la línea española, y se dirigen hacia él la Capitana, la Almiranta y tres galeones. Figueroa acepta el combate, y sin disparar sus cañones, se ve abordado por la Capitana (por babor) y la Almiranta (por estribor) al mando de Strozzi, mientras los tres galeones franceses restantes que se habían lanzado al asalto junto con la nave de Strozzi, se situaron a popa del San Mateo, su parte más desprotegida y desde la que no se podían devolver los golpes, castigando impunemente el castillo de popa. Cuando las dos naves francesas están muy cerca, dispara su artillería, produciendo grandes daños a las franceses, y repite la descarga antes del abordaje. Pone tiradores escogidos en las gavias que barren las cubiertas francesas.

El San Mateo aguantó durante dos horas el castigo al que le sometieron los cinco buques franceses. Su casco recibió más de 500 impactos de artillería y fue desarbolado de mástiles y aparejos. La mitad de la tripulación y de los soldados habían sido muertos o heridos, pero el San Mateo no mostraba evidencias de aflojar su defensa. Durante esas dos horas, el resto de la flota española había estado efectuando trabajosamente una maniobra de virada en contra del viento. Era el momento más decisivo y cuando el combate se había generalizado, la escuadra de la retaguardia de la flota de Strozzi abandonó la batalla. La lucha se desarrollaba sin que ninguna de las dos flotas intentara siquiera mantener una mínima formación. La confusión era total y cada capitán maniobraba su nave según sus propias circunstancias. La única directriz común era buscar un oponente, abrir fuego y enzarzarse mutuamente con los garfios para pasar luego al abordaje. Existía un acuerdo tácito entre los marinos de la época por el cuál las naves almirantas de dos flotas enfrentadas debían entablar un duelo singular y del que dependería el resultado final del combate. Así la nave insignia de Don Álvaro se abrió paso entre la confusión buscando el buque insignia de Strozzi. Don Álvaro finalmente localizó el buque de Strozzi y decidió pasar al abordaje para cobrar la pieza, aún sabiendo que el buque francés hacía agua.

Filippo Strozzi, tras una serie de acciones de combate memorables por su valentía, había sido herido de un tiro de mosquete por debajo de una rodilla, perdiendo mucha sangre y obligado por la fatiga a refugiarse en su cámara de la Almiranta, que estaba a punto de ir a pique. Tras el duro castigo que había recibido su embarcación, con más de 400 muertos a bordo, decide dirigirse a tierra para buscar refugio, pero es alcanzado por Don Álvaro, que manda su encarcelamiento en el castillo de popa de su buque, donde consintió que un soldado le hiriera con la espada, dejándole muy mal herido. Después, tratándole con sumo desprecio, mandó que lo lanzaran por la borda, a fin de que se ahogara.

Al ver rendido a su buque insignia, el resto de buques de la flota francesa renuncia a seguir el combate y se retira en todas direcciones, dando por concluida la batalla. El día terminaba con un rotundo triunfo de Don Álvaro de Bazán a pesar de haberse enfrentado a fuerzas superiores. La flota francesa había perdido un total de 10 naos grandes, entre ellas la nave Almiranta. Las bajas francesas se estimaron en unos 2.000 muertos, incluyendo a su Almirante, mientras que los españoles tuvieron una moderada cifra de 224 muertos y 550 heridos.

Según un cronista e historiador de la época, Antonio de Herrera y Tordesillas “los franceses perdieron ocho naves, las mejores, y murieron 3300 hombres. De los Españoles 200, y heridos 500”, si bien erró algo en las cifras. E incluso menciona que “el Marqués (Don Álvaro) no siguió a los fugitivos, por se los navíos pesados y por la llegada de la noche”. Pero lo que sucedió a continuación, no es del todo cierto, tal y como menciona Antonio de Herrera. De hecho, algunas fuentes citan que una vez concluido el combate naval, Don Álvaro puso rumbo a Lisboa, con el objeto de reparar sus buques, renunciando a desembarcar y continuar la persecución de quienes hallaron refugio en la isla.

Desembarco y ejecuciones.

Lo cierto es que, una vez confirmada la victoria de la escuadra española, Don Álvaro puso rumbo a la isla de San Miguel, ya que se debía tratar a los heridos y aprovisionarse de agua. Sin embargo, debido al viento, muy desfavorable, y a la distancia de la isla en la que se había librado el combate, no dio señales de vida en tierra hasta cuatro días después de finalizado.
Una vez que apareció la isla ante sus ojos, puso rumbo a Vila Franca, arrasando toda aquella costa y asegurándose la obediencia de todos sus habitantes. El 1 de agosto desembarca en tierra el Maestre de Campo Don Francisco de Bobadilla con cuatro compañías de infantes y llevando consigo a todos los prisioneros franceses y anunciando a los lugareños la sentencia que les condenaba a muerte, como perturbadores de la paz reinante entre Francia y España. La sentencia iba firmada por Don Álvaro de Bazán, y mandaba que fueran degollados o decapitados los nobles y ahorcados el resto. Sólo se libraban aquellos que fueran menores de 18 años.
La crueldad de la decisión de ejecutar a los presos, fue discutida por algunos soldados y oficiales españoles, que pidieron a Don Álvaro su revocación. Pero este les informó que estaba cumpliendo con los mandatos del rey de Francia, que estando en paz con España no permitiría que súbditos suyos se comportaran como corsarios, atacando a la Armada de España.
Dicho esto, se cumplió la sentencia, decapitándose a 28 caballeros franceses y a 50 de menor condición y siendo ahorcados cientos de soldados y marineros. Las ejecuciones fueron lentas y se prolongaron durante todo el día, al final del cual los cuerpos de los ahorcados se llevaron al islote de Vila Franca y dejados allí, pudriéndose como advertencia para el resto de corsarios franceses que pudieran continuar navegando por las islas.

Desembarco de dos tercios españoles en Terceira, poco después de la batalla. El castigo de los españoles fue ejemplar.
Desembarco de dos tercios españoles en Terceira, poco después de la batalla. El castigo de los españoles fue ejemplar.


El 5 de agosto se presentó en la villa el obispo Don Pedro de Castillo, que fue recibido por Don Álvaro con honras militares, por los servicios prestados a la corona española, como por ejemplo la conservación y resistencia en el castillo de São Brás. Ese mismo día se dirigió Don Álvaro a Punta Delgada para recibir el triunfo por su victoria. Poco después de la celebración, se embarcó rumbo a la Isla del Cuervo, a fin de escoltar a las naves de la India, llevando consigo 16 naos de guerra que el 3 de agosto habían llegado a San Miguel, provenientes de Sevilla con el objetivo de apoyarle en la batalla que ya había concluido. Pero poco quedaba ya por hacer en San Miguel, así que Don Álvaro decide poner rumbo a Lisboa, partiendo con él Don Pedro de Castillo y dejando a tres mil soldados de guarnición. En tres días se hallaba frente a la Isla Terceira, donde decide realizar una “pasada” de advertencia a las tropas de Don Antonio, que se hallaba también en la isla. Al respecto, Antonio de Herrera menciona: “Reparada la armada se fue el Marques a la lsla del Cuervo a recebir las naves de la India, y en el passar tuvo miedo don António, y se apercebia de navio ligero para huyr.”
Y es que en una Relación, escrita en la Isla Terceira por una testigo de los acontecimientos, se presentó una armada de unas 70 velas, a lo que inmediatamente los franceses que allí se encontraban (disponían de 50 embarcaciones) deseaban plantar cara, demandando a Don Antonio su permiso para enfrentarse al enemigo. Pero este, acobardado, no cede a la presión de sus aliados y no les permite salir a mar abierto en busca del combate.

Don Álvaro de Bazán regresó a las Azores en julio de 1583 y en dos semanas se hizo con el control de todo el archipiélago, obligando al aspirante al trono Don Antonio a huir a Francia. Tras la conquista definitiva de las Azores, la fama de Don Álvaro de Bazán fue mayor que nunca. Felipe II le otorgó le nombró Capitán General del Mar Océano y Grande de España y le solicitó la preparación de una Armada que se dirigiera a invadir Gran Bretaña: la que se denominó Armada Invencible.

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Bibliografía.


- Javier Marcos, El Prior Crato frente a Felipe II, Arlanza Ediciones, Madrid, 2006.
- Carlos Gómez Centurión, La Armada Invencible (Biblioteca Básica de Historia), Ed. Anaya, Madrid, 1987.
- Thomas Hugh, Rivers of gold: the rise of the Spanish Empire, from Colombus to Magellan, Ed. Ballantine, New York, 2005.
- Geoffrey Parker y Martin Collin, La Gran Armada, Alianza Editorial, Madrid, 1988.
- Cristóbal Pérez Pastor, Los trofeos de Don Álvaro de Bazán, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
- César Fernández Duro , La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón , Ed. Museo Naval de Madrid, 1993.
- Antonio Falcao, Do sucesso da Armada que foi às Ilhas Terceiras no anno de 1591, Arquivo dos Açores, vol. VI, Instituto Cultural de Ponta Delgada, Ponta Delgada, 1981.
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