| La desastrosa Armada española. |
En tiempo de paz eran más necesarios los buques menores, con los que hacían labores de guardacostas y vigilancia o protección de convoyes frente a piratas, que los grandes navíos de línea. Estos últimos eran utilizados como escoltas y llevaban menos tripulación que en tiempos de guerra. Los navíos de 112 cañones en tiempo de paz tenían una tripulación y guarnición de 875 hombres, en periodos de guerra subían a 1048 hombres. Esta diferencia sumada al empleo de todos los navíos y buques para el servicio activo hacían imposible dotarlos con marinería y tropa profesional y de ahí el reclutamiento forzoso y masivo, con las deficiencias que esto ocasionaba. Para Trafalgar se aprestó una flota con prisas y falto de muchos recursos.
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Horatio Nelson, Almirante de la flota británica y fallecido en Trafalgar. |
El general Álava informó el 6 de agosto de 1805 de la falta de pericia de los artilleros de la flota:
"En la revista de inspección que acabo de pasar a los navíos “Bahama” y “San Leandro”, me pareció conveniente hacer que se representase el simulacro de un combate de mar practicándose el ejercicio de cañón á fuego para poder formar juicio del grado de instrucción en que se hallan los equipajes, mas como era la primera vez que disparaban artillería, ocurrieron adversos defectos de entidad, producidos por falta de tales ejercicios, como el introducir algunos los cartuchos por el revés, dejar otros dentro el atacador, etcétera. Esto me ha hecho conocer la necesidad absoluta de que se verifiquen una y otra vez en los navíos estos ejercicios que no están en uso, y que por este motivo lo participe á V. E. por si mereciese su aprobación ésta providencia, y el consuno de la pólvora adicionada que podrá este efecto pido al Departamento, disponiendo que se hagan cartuchos de papel y de sola la mitad de la carga ordinaria con el fin de economizar gastos".
Pero, ¿desde cuando era tan desastrosa la situación de la Armada española? Hasta el fin del reinado de Carlos III en 1788, las tripulaciones españolas habían sido igual de eficaces que sus homólogas británicas y francesas, sobre todo en funciones de guardacostas y protección de las rutas comerciales y de sus convoyes, que era lo que realmente importaba para la conservación del enorme imperio español de ultramar.
Fue la llegada de un rey débil e incompetente, Carlos IV, junto con ministros totalmente ineficaces y analfabetos en los asuntos del mar, como Godoy, y una Hacienda en ruina, las razones que llevaron en poco menos de una decena de años a una Armada poderosa y temible a ser un mero títere de los franceses, en un estado de dejadez lamentable, con una marinería carente de entrenamiento, que no recibía sus salarios, sin ninguna inversión en artillería y otros adelantos tecnológicos... Todo este cúmulo de despropósitos le costaron a España su Imperio.
Por contra, la mayor parte de los oficiales ingleses eran veteranos del combate y sus marineros eran, sobre todo, voluntarios que procedían de ambientes marinos mercantes y que habían sido presionados para alistarse obligatoriamente por las temibles "bandas de reclutamiento". Como un barco mercante navega prácticamente igual que un buque de guerra, estos marineros conocían bien su oficio y dieron a los británicos una decisiva ventaja en navegabilidad y agilidad en combate, amén de una gran confianza en los hombres y en las expectativas de victoria, algo que los aliados nunca tuvieron.
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Detalle de la distribución de las líneas en el momento del combate. |
En orden de combate.
Los oficiales británicos sabían que, debido a su inferioridad numérica, la colocación de sus barcos iba a ser crucial cara a la batalla que se iba a desarrollar, motivo por el que consideraron como mejor opción la de situarse a barlovento del enemigo. Los aliados, por el contrario, preferían el sotavento, por los motivos que iremos dilucidando a continuación.
Esta forma de plantear batalla, daba mayor maniobrabilidad al comandante británico y la capacidad de escoger el momento de ataque mientras que obligaba a su opositor a esperar el movimiento y reaccionar en consecuencia. Mientras, el barco de sotavento tenía la capacidad de escabullirse más fácilmente si la batalla se tornaba en contra y esto, como podemos deducir, era una táctica con más visos de supervivencia que de victoria.
Por otro lado, existían dos formas de entender el combate en el mar: los franceses preferían desarbolar los barcos enemigos, ya que de este modo quedaban a su merced. Para ello concentraban toda su potencia de fuego en los aparejos de las embarcaciones rivales, hasta que el barco quedaba sin rumbo ni gobierno.
Los ingleses, al contrario que los franceses, entendían la que la mejor manera de acabar con el enemigo era eliminando su tripulación y para ello disparaban sus piezas contra el casco de las embarcaciones. En general era muy raro que los buques de aquella época se fueran a pique debido al castigo que le pudieran infligir las piezas de artillería. Ahora bien, el volumen de muertos, heridos y mutilados era elevadísimo, ya que la propia estructura de madera era un arma en si misma y con cada cañonazo las astillas que salían despedidas causaban verdaderos estragos.
Pero, ¿que tácticas se emplearían en combate? ¿Iba a ser un clásico enfrentamiento en que las dos escuadras se situarían en paralelo, una a sotavento y otra a barlovento mientras las andanadas se sucedían hasta que alguien resultara vencedor?
Para los británicos estaba claro que no. Ellos intentarían una nueva y arriesgada manera de pasar a la acción: acercarse a la línea de fondo e intentar atacar al enemigo perpendicularmente. Claro que existía una pega: el ataque perpendicular exponía mucho las proas de los barcos británicos, que es justamente donde menos potencia de fuego tenían los buques, lo que podría resultar en que acabaran machacados por la escuadra combinada antes tan siquiera de haber entrado en contacto.
Ahora bien. En el momento del cruce, quienes tendrían todo de su parte serían los británicos, ya que podrían disparar a placer sobre las proas y popas de las embarcaciones enemigas. El Almirante Nelson, que era considerado muy audaz en sus planteamientos, decidió que esta era la forma de proceder. Eso unido a la ineptitud del comandante de la escuadra combinada, el Almirante Villeneuve, era prácticamente una sentencia.
- Manuel Marliani, Combate de trafalgar : vindicación de la armada española, Imprenta y librería de Matute, 1850.
- Arturo Pérez Reverte, Cabo Trafalgar : un relato naval, Editorial Alfaguara (1ª edición), 2004.
- William Hamilton Drummond, Battle of Trafalgar: an heroic poem, Cambridge : Chadwyck-Healey (a Bell & Howell Information and Learning company), 2000.
- Benito Pérez Galdós, Episodios nacionales. Trafalgar ( edición de Julio Rodríguez Puértolas), Cátedra, 1992.
- Benito Pérez Galdós, Trafalgar ; la Corte de Carlos IV; edición, prólogo y notas de Dolores Troncoso ; con un estudio preliminar de Geoffrey Ribbans, Crítica, 1995.
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