| Los cimientos de ambas flotas. |
En 1.904 Japón estaba excelentemente posicionada en el Mar Amarillo, con bases y unidades navales en perfecto orden de combate. El teatro de operaciones favorecía a los nipones, dada su proximidad a la patria, amén de las ventajas logísticas que de ello se derivan.
Y es que todo el poder naval japonés se podía poner en marcha de forma inmediata tanto para el combate como para el apoyo a las tropas de tierra, que veían optimizadas sus líneas de suministro debido a la poca distancia que les separaba de las bases, todo lo contrario del caso ruso, cuyas líneas logísticas provenían de ciudades de la Rusia europea, especialmente de la zona de Moscú, San Petersburgo y Ucrania, y confluían en una sola: la extensa vía férrea del ferrocarril Transiberiano.
El mando y composición de las Armadas de ambos ejércitos, difería singularmente tanto en el concepto como en sus recursos. Por una parte, la marina rusa era una singular amalgama de unidades que se repartían entre el Mar Negro, el Mar Báltico y el Mar de China, con excelentes unidades de combate pero de forma singular, ya que dentro de la Armada Rusa no se concebían buques que se pudieran encuadrar dentro de Clases de combate, sino que cada unidad tenía poco o nada que ver con las del resto de la flota.
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Zinovy Petróvich Rozhdedestvenski (1848-1909), Jefe del Estado Mayor de la Escuadra Rusa del Báltico. |
Los mandos de la Armada Rusa pertenecían a los estratos sociales más favorecidos (la nobleza y la burguesía acomodada) y primaba el ascenso por favoritismo en la corte del Zar, con lo que las rencillas entre mandos eran habituales y eso, pasaba factura entre el resto de miembros de la marinería, que padecía las calamidades de su posición: mal alimento, mala paga y nula motivación. Si a todo ello añadimos el escaso adiestramiento militar de la marinería de base, el panorama que se presentaba ante los rusos era poco más que desalentador.
Porque en la Armada Japonesa, encontraríamos una concepción y preparación de sus recursos diametralmente opuesta. El país nipón no llevaba a cuestas el lastre de una armada obsoleta, ya que hasta la fecha, carecía de tradición naval. Toda la marina se había formado basándose en la efectividad de conceptos nuevos, aprendidos de la Royal Navy británica, con lo que sus unidades de combate, totalmente nuevas, se encuadraban dentro de Clases específicas, según sus características. De este modo, la escuadra japonesa seguía una homogeneidad necesaria para poder desarrollar una efectiva estrategia de combate.
Sus oficiales habían sido instruidos en Gran Bretaña, y los ascensos y promociones no se basaban en el rango social, sino en la valía del individuo. La marinería estaba excelentemente adiestrada, bien alimentada, bien remunerada y muy motivada.
Mención a parte merecen los Almirantes de ambas armadas. Por una parte, el Jefe del Estado Mayor de la Escuadra Rusa del Báltico, Zinovy Petróvich Rozhdedestvenski (1848-1909), fue designado personalmente por el Zar Nicolás II para que dirigiera parte de su escuadra del Báltico, rumbo a la base naval de Port Arthur y se pusiera al mando de la que se convertiría en la Segunda Escuadra del Pacífico. Rozhdedestvenski era apodado por sus hombres Perro Loco, ya que tenía un fortísimo temperamento y accesos de ira que le llevaban a humillar y castigar de forma sistemática a cualquiera que no acatara las órdenes según su particular forma de ver las cosas.
Lo cierto es que como estratega era un verdadero desastre, pero su elección por parte del Zar no se debió tanto a su nula calidad para el análisis del combate como por la firmeza con que dirigía los destinos de aquellos que se encontraban a sus órdenes, máxime cuando su escuadra estaba compuesta por buques cuyo primera prueba de agua sería el cambio de base (entre el Báltico y Port Arthur), marineros noveles, y la dirección de la mayor flota de barcos impulsados por la energía del carbón que haya surcado los mares.
En el bando japonés, encontramos la antítesis de lo que hemos detallado hasta el momento en la dirección de la flota rusa. Tōgō Heihachirō era descendiente de samurais y como tal, se había criado a la sombra de férreas y disciplinadas enseñanzas. Ya con 15 años tuvo su primera experiencia de combate, durante la Guerra Anglo-Satsuma (uno de los conflictos de las Guerras Tokugawa) y con 23 años fue seleccionado para estudiar en Gran Bretaña, concretamente en Plymouth, como cadete naval durante siete años. El y sus compañeros eran la base de la futura Armada Imperial Japonesa.
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Imagen de la base naval de Port Arthur tomada poco antes del ataque japonés de 1.904 (clic sobre la imagen para ampliar). |
Se licenció como el número dos de su promoción y al volver a su país, a bordo del recién adquirido a Gran Bretaña buque de combate Hiei, fue ascendido a capitán. Participó en la Guerra Franco-China (1.884-1.885) y en la Guerra Chino-Japonesa (1.894-1.895). Fue en 1.903 cuando el Ministro de la Marina, Yamamoto Gonnohyoe, le nombró Almirante en Jefe de la Flota Combinada japonesa, basándose, según dice la leyenda “en su buena fortuna”.
Los antecedentes de la batalla.
El más que previsible encontronazo de las dos potencias, tuvo su detonante en el ataque por sorpresa que los japoneses realizaron el 8 de febrero de 1.904 sobre la Flota del Lejano Oeste rusa anclada en Port Arthur. El objetivo japonés era asegurar sus líneas de comunicación y abastecimiento con el continente, donde se estaba fraguando la guerra en Manchuria. De este modo, se necesitaba neutralizar el poder que representaba la escuadra rusa en la zona.
La reacción rusa ante el ataque fue inicialmente de total indolencia, lo que resultó en el desembarco de tropas japonesas en Corea, si bien al poco y ante la llegada al lugar del Almirante Stepan Makarov, plantaron cara a la ofensiva nipona. Pero poco iba a durar la contraofensiva rusa, ya que el buque insignia de Makarov, el Petropavlovsk, arremetió contra una mina, resultando muerto en el acto el Almirante ruso. Su sucesor fue incapaz de hacer frente a los japoneses y como consecuencia, los efectivos rusos se vieron encajonados en Port Arthur.
En agosto de 1.904 los japoneses iniciaron un asedio terrestre a Port Arthur, momento en que los rusos trataron de enlazar su flota en Port Arthur con la basada en Vladivostok a fin de desafiar de forma conjunta el poderío naval nipón. Sin embargo ambas escuadras fueron dispersadas y casi diezmadas en las batallas del Mar Amarillo y Ulsan, el 10 y 14 de agosto respectivamente. A los rusos no les quedó más remedio que enviar a la Flota del Báltico al teatro de operaciones. Esta zarpó el 15 de octubre de 1.904 y a Rozhdedestvenski le esperaba una travesía de 23.000 millas náuticas que separaban el Báltico de la zona de conflicto (esta travesía se realizó bordeando África), sabiendo, además, que se iba a enfrentar casi en solitario ante su enemigo.
Por todo ello, la moral de la tripulación rusa estaba totalmente por los suelos, y un ambiente de paranoia se apoderó de toda la marinería, que esperaba un ataque sorpresa en cualquier momento. Cuando los barcos cruzaban el banco de Dogger, frente a la costa este de Gran Bretaña, creyeron divisar al enemigo. Los vigías detectaron “cuatro torpederos japoneses” que se dirigían hacia ellos. Inmediatamente se informó al alto mando de un “ataque en toda regla de buques japoneses” y se procedió a atacar al enemigo. Los rusos consiguieron hundir un barco y dañar a los otros pero ellos mismos sufrieron graves daños al colisionar varios barcos entre si. Lo peor, sin embargo, estaba por llegar: la temible flota japonesa que habían estado atacando con toda su artillería, era una flotilla de arrastreros británicos que estaban pescando tranquilamente cuando vieron, con bastante sorpresa, como una flota completa abría fuego sobre ellos. Probablemente con más sorpresa aun, también observaron como aquellos barcos fallaban la mayoría de disparos y comenzaban a chocar entre ellos. La “batalla” sería conocida como el incidente de Dogger Bank y estaría a punto de costarle a Rusia una declaración de guerra por parte de Gran Bretaña.
Pero las desgracias rusas no habían hecho más que empezar. A su paso por el norte de África uno de los barcos de la flota se enredó en un cable submarino y su capitán ordenó cortarlo. Resultó ser el cable que unía Tánger con Europa y las comunicaciones con África quedaron interrumpidas durante cuatro días. Poco después, el buque taller de la flota participó en otra singular batalla naval. Disparó más de 300 obuses a lo que su tripulación pensaba que eran tres torpederos japoneses que en realidad eran un pesquero alemán, una goleta francesa y un mercante sueco.
Rozhdedestvenski estaba completamente desesperado, sumido en una profunda crisis nerviosa y trató de hacer entrar en vereda a sus hombres organizando unas prácticas de artillería que resultaron un desastre: una serie de barcos remolcaban los blancos sobre los que los destructores abrieron fuego con todo su armamento. Solo se contabilizó un acierto... y el proyectil no acertó en un blanco sino en uno de los barcos remolcadores. Se ordenó luego a un grupo de destructores que adoptaran una determinada formación pero confundieron las señales ya que no les habían dado libros de códigos y los barcos salieron cada uno por su lado dispersando la flota.
Para cuando llegaron a Port Arthur, esta base naval ya se encontraba en poder japonés, con lo que pusieron rumbo a Vladivostov. Rozhdedestvenski únicamente tenía tres opciones para llegar: atravesar el Estrecho de Le Perouse, el de Tsugaru o el de Tsushima. Y como no sabía dónde se encontraba la flota japonesa, decidió tomar el camino más directo, que no era otro que el del Estrecho de Tsushima.
La “buena fortuna” de Togo le sonrió de nuevo, ya que sabía que el Almirante ruso tomaría dicho camino y allí le estaba esperando.
Las cartas estaban echadas.
- Jukes, Geoffry, The Russo-Japanese War 1904–1905, Osprey Essential Histories, 2002.
- Nish, Ian, The Origins of the Russo-Japanese War, Ed. Longman, 1985.
- Semenov, Vladimir, Capt, The Battle of Tsushima, Ed. Dutton & Co, 1912.
- Corbett, Sir Julian, Maritime Operations In The Russo-Japanese War 1904-1905, George Allen & Unwin Ltd, London, 1994.
- Walder, David, The short victorious war: The Russo-Japanese conflict, Biblioteca Virtual de la Russo Japanese War Research Society.
- Okamoto, Shumpei, The Japanese Oligarchy and the Russo-Japanese War, Columbia University Press, 1993. |