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El hombre que nunca existió

La que se denominó Operación Mincemeat, constituye uno de los capítulos más increíbles de toda la II Guerra Mundial y uno de los mejores ardides que han tenido lugar a lo largo de la Historia. Como tal, la finalidad de toda la operación consistía en ejecutar un plan de engaño para que el Alto Mando alemán creyera que los Aliados se disponían a invadir el sur de Grecia o Cerdeña en lugar de Sicilia como trampolín desde el que iniciar la invasión de Europa para reconquistarla al poder nazi.

Básicamente, el plan consistió en abandonar en aguas españolas, frente a las costas de Huelva, un cadáver vestido con el uniforme de un oficial de la Armada Británica que portaba falsos documentos secretos Aliados en los que se detallaba con suma claridad el plan de invasión en un lugar que no era la isla de Sicilia, verdadero objetivo Aliado.

Pero, ¿cómo iba a llegar la información a Alemania? ¿Tuvo éxito aquella operación? ¿Cuál era la identidad del cadáver?

 
Ewen Edward Samuel Montagu (1.901 - 1.985) poco antes de fallecer. Este es el rostro del genio que planificó todo el plan correspondiente a la Operación Mincemeat (Picadillo).
Ewen Edward Samuel Montagu (1.901 - 1.985) poco antes de fallecer. Este es el rostro del genio que planificó todo el plan correspondiente a la Operación Mincemeat (Picadillo o Carne Picada).

La necesidad de un buen plan.
A principios de 1.943 los Aliados se habían hecho con el control del Norte de África. Y es que para el Afrika Corps de Rommel, la guerra prácticamente había llegado a su fin. El excelente general alemán, ante lo evidente de su derrota, viajó a Alemania para hacer entrar en razón a Hitler a fin de que retirara lo poco que quedaba de sus tropas en África y se centrara en la defensa de Europa. Le costó ser fulminantemente cesado de su cargo, siendo sustituido por el general Jürgen von Armin. Pero a pesar de ello, desde momento y de manera expedita, las fuerzas Aliadas acabaron con lo que quedaba del ejército expedicionario alemán. Habían sido tres años de lucha encarnizada.

Durante los últimos coletazos del Eje en África, los estrategas militares de Estados Unidos y Gran Bretaña tenían claro que el siguiente paso en su camino para derrotar al régimen nazi pasaba por desplazar el teatro de operaciones a Europa. Se barajaban tres posibilidades: por una parte las costas del norte de Francia (propuesta inicial norteamericana) que contó con el rechazo británico, que deseaba posponer a mejores momentos tal posibilidad; por otra las costas del sur de Grecia y la tercera y más obvia, las costas de Sicilia, trampolín perfecto para dar el salto a la Europa continental. Hay que decir que inicialmente se planteó asaltar Cerdeña como paso previo a la invasión de Italia, pero finalmente, durante la Conferencia de Casablanca de enero de 1.943, en la que se reunieron Winston Churchill y Franklin Roosevelt, se desechó tal posibilidad y se decidió de forma definitiva que sería Sicilia el trampolín para la invasión de Italia. De hecho, tenían tan claro los Aliados que ese sería el lugar de su asalto que hasta la operación ya tenía nombre: Operación Husky, la invasión Aliada de Sicilia.

El primero de los motivos que llevó a tomar tal decisión fue la estratégica situación de la isla más grande del Mediterráneo, a medio camino entre África y Europa. El segundo motivo, que la isla italiana era la base de operaciones de la Fuerza Aérea Alemana, la Luftwaffe, que machacaba desde hacia meses a la pequeña guarnición británica de Malta, otra isla especialmente estratégica. El tercero, asegurar las líneas de suministro británicas con la Unión Soviética a través de Irán y con Oriente, donde se estaba librando, recordémoslo, una encarnizada guerra con Japón.

Claro estaba que la mejor opción, por obvia, sería la que los alemanes entenderían como clave y en la que reforzarían de forma significativa sus tropas a fin de repeler la más que posible invasión por ese punto. La previsión de bajas entonces sería exagerada y desde luego no se podría garantizar el éxito del asalto a Europa.

De este modo se hacía necesario trazar un plan de engaño perfecto y es aquí cuando se decide emplear una estrategia utilizada con anterioridad: dejar un cadáver con falsos documentos secretos en un lugar en que los alemanes pudieran hacerse con él. Pero, ¿quién la propuso?
El Capitán Bill Jewell (1.913 - 2.004) quien estaba al mando del submarino H.M.S. Seraph. Fue él, junto a su tripulación, quien se encargó de dejar a merced de la corriente y el oleaje al Comandante Martin.
El Capitán Bill Jewell (1.913 - 2.004) quien estaba al mando del submarino H.M.S. Seraph. Fue él, junto a su tripulación, quien se encargó de dejar a merced de la corriente y el oleaje al Comandante Martin.

El plan perfecto.
La respuesta es Ewen Edward Samuel Montagu, un Capitán de Corbeta y oficial de la Inteligencia Naval Británica, miembro del denominado Comité de los Veinte, grupo supervisor del trabajo de una rama del MI5 especializada en el anti-espionaje, operaciones de engaño y desinformación: el Sistema Doble X. Para que nos hagamos una idea de la importancia del Sistema Doble X en el contexto global del espionaje de la II Guerra Mundial, mencionar que por ejemplo Garbo (el famoso espía español Juan Pujol) o el doble agente Brutus (el capitán de la Fuerza Aérea polaca Roman Czerniawski) dos de los más representativos espías del conflicto, eran agentes Doble X.

Ante los antecedentes de empleo de cadáveres para misiones de desinformación y engaño, Montagu inició, junto a su equipo, el desarrollo de todo un meticuloso plan que permitiera morder el anzuelo a los alemanes. El primer problema que se les planteaba era que a buen seguro, al cadáver se le haría la autopsia, con lo que pidió ayuda al médico forense Sir Bernard Spilsbury, quien tras una larga búsqueda le consiguió el cadáver de un hombre de unos 30 años que había fallecido de una neumonía, confirmando el mismo Spilsbury que el agua que había en los pulmones del cadáver podía pasar, fácilmente, por agua de mar, como dato para permitir la posibilidad (que ya se barajaba) de que el pobre infeliz se había ahogado. Se guardó el cadáver en un congelador, se le dio la identidad ficticia de Comandante William Martin, de la Armada Real y se continuó con el desarrollo de plan.

El segundo de los puntos que se desarrolló fue la determinación del lugar en que se debía arrojar el cadáver para que fuera localizado por los alemanes y revisado antes de que se avisara al cónsul británico de la zona. En este momento ya se había decidio que el interfecto debería haber fallecido por ahogamiento y Montagu escogió la costa de Huelva, donde se tenía la certeza que operaba un agente alemán especialmente activo. Y es que en España operaba una gran red de espionaje alemana montada por el Almirante Canaris hacia ya unos años.

A fin de que el plan surtiera el efecto deseado, era necesario que la información que llevara consigo el malogrado Comandante Martin, llamara la atención inmediatamente a los alemanes y llegara a los niveles más altos del mando alemán. Para ello, Montagu pidió a su inmediato superior y Subjefe del Estado Mayor, Teniente General Sir Archibald Knight, que escribiera una carta al General Alexander, Comandante del 18º Grupo de Ejércitos de África del Norte. En la misiva, de corte no oficial, se dejaba claramente especificado que Sicilia no era el objetivo deseado por los Aliados. Lo realmente genial de la carta es que se indicaba que los Aliados querían que los alemanes pensaran que realmente era Sicilia el objetivo y que esa era su cobertura (su engaño) para proteger el objetivo real, que se dejaba entrever entre la costa sur de Grecia y un objetivo no identificado en el Mediterráneo Occidental. Un brillante documento que jugaba, además, con un antiguo y conocido temor de Hitler: la posibilidad de una invasión por Grecia y los Balcanes.

 

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Bibliografía.


- Steele, John and Noreen, The Secrets of HMS Dasher, Scotland: Argyll Publishers, 2003.
- Montagu, Ewen, The Man Who Never Was: World War II's Boldest Counter-Intelligence Operation, Ed. Bluejacket Books, London, 2001.
- Lartimer, John, Deception in War , Ed. John Murray, London, 2001.
- Professor M.R.D. Foot. The Special Operations Executive 1940-1946, Pimlico , 1999.
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