| Introducción: la Península Ibérica en la Antigüedad. |
En el mundo antiguo mediterráneo, la península Ibérica era considerada el finis terrae ya que más allá del Estrecho de Gibraltar se abría un mar que para muchos pueblos era la puerta de entrada al Más Allá, a lo desconocido.
El hecho de encontrarse ubicada en el suroeste de Europa, muy próxima a África y separada de Europa por los Pirineos pero abierta al Mediterráneo, dio como lugar a la formación de grupos culturales y étnicos muy particulares.
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Muralla en Torreparedones (Córdoba) perteneciente a la época tartéssica. |
Desde el II milenio a.C., diversas migraciones afectan a las distintas regiones de la Península Ibérica. Una de estas tiene lugar por la llegada de masas migratorias de tipo atlántico, explicable por el conglomerado que formaban las muy parecidas formas de vida y mentalidad de todas las regiones ribereñas atlánticas del Occidente de Europa y cuyo influjo resulta evidente en las regiones occidentales de la Península, incluyendo Andalucía Occidental y parte de la Meseta. Estas regiones peninsulares eran las más metalíferas y estaban habitadas por poblaciones de carácter indoeuropeo muy primitivas, probablemente con raíces comunes en todas esas regiones atlánticas.
Otra corriente etno-cultural es la que llega a través de los Pirineos, seguramente por los pasos occidentales. Por esta vía penetran desde fines del II milenio a.C. los denominados pueblos de la cultura de Campos de Urnas, que se extendieron, progresivamente, por Cataluña, el Valle del Ebro y la parte septentrional de la Comunidad Valenciana, aportando importantes cambios en la cultura, en la organización social y en el campo lingüístico, pues por esta vía, que actúa de forma intermitente desde el Bronce Final hasta la conquista de las Galias por César, penetraron las poblaciones celtas y posteriormente pueblos de origen germánico como los vándalos.
Finalmente encontramos la que quizá es la más impactante e influyente corriente cultural, que es la de tipo mediterráneo. Este mar se convierte progresivamente en la principal vía de entrada de corrientes culturales, pues por ella llegaron los pueblos colonizadores de la Antigüedad, como fenicios, griegos, púnicos y, finalmente, romanos. Desde el Bronce Final, a fines del II milenio a.C., se constatan viajes exploratorios de pueblos de Oriente del Mediterráneo y del Egeo que prosiguieron con los primeros contactos de época micénica, abriendo las vías de navegación y nuevas formas de intercambio en un mundo que entonces era totalmente desconocido.
El pueblo más activo en la Península, a partir del siglo VIII a.C. fue el fenicio, que estableció colonias y factorías desde la desembocadura del río Segura en Alicante hasta la del Tajo en Portugal, si bien la principal colonia que establecieron fue Gadir, la actual Cádiz. Los fenicios introdujeron el conocimiento y uso del hierro, los pesos y medidas, la arquitectura urbana o el policultivo mediterráneo (asociación de trigo, vid y olivo), y contribuyeron a la aparición de una nueva organización social, jerarquizada y basada en nuevas concepciones religiosas, que explican el origen de la cultura tartésica.
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Área de influencia de la cultura tartéssica. |
Se empieza a forjar el mito.
Sin embargo el mito de Tartessos no se extendió por la cuenca mediterránea hasta que, a partir de finales del siglo VII a.C., hizo su aparición en la Península Ibérica el comercio griego del Asia Menor, cuando los griegos de Focea, una pequeña ciudad jonia que hacia el 600 a.C. fundaron Emporion (Ampurias), desde donde fueron extendiendo sus redes comerciales y su influjo cultural por todas las costas levantinas y del Sureste peninsular para alcanzar Tartessos, penetrando desde allí hacia la Andalucía oriental. Ese momento es crucial para la cultura tartésica, ya que aunque estos contactos coloniales tenían una finalidad básicamente económica, pues se basaban en las grandes ganancias que producía la adquisición de materias primas peninsulares, como oro, plata, estaño, cobre y, seguramente, esclavos, a cambio de objetos elaborados, como cerámicas, vasos de bronce, marfiles tallados, joyas y tejidos, adquiridos por las elites locales, este tipo de comercio daría lugar progresivamente a instalaciones coloniales que permitirían un contacto más estrecho con el mundo indígena, contribuyendo a su progresiva aculturación y, al mismo tiempo, a la inclusión de estas alejadas regiones del finis terrae en la economía mundial dirigida por los grandes imperios de Oriente, a los que los fenicios servían de suministradores de materias primas.
Gracias a este proceso, las zonas de desarrollo más favorable, como Tartessos y el área meridional del mundo ibérico, al alcanzar un nivel cultural mayor, acabaron por convertirse en focos de aculturación de las poblaciones limítrofes, especialmente de las situadas más al interior, contribuyendo de este modo poco a poco a difundir las nuevas formas de vida urbana que suponía este proceso de «mediterraneización». En consecuencia, se fue acelerando la tendencia al desarrollo de todos los pueblos, en la esfera económica, social e ideológica, según su capacidad y sus propias pautas, pero también siguiendo una tendencia general, ya que su final lógico no era otro que aproximarse a mayores niveles de civilización, cuya culminación representa Roma en la Antigüedad.
A partir del Calcolítico, en el III milenio a.C., aparecen poblados en la Península que centralizan el territorio y fuertes jerarquías sociales, evidenciadas por tumbas monumentales. A fines del II milenio, a partir del Bronce Final, coincidiendo con la fecha de la mítica fundación de Cádiz hacia el 1100 a.C., los contactos «precoloniales» desencadenaron un marcado impulso cultural que cristalizó en el mundo orientalizante de Tartessos. A partir del siglo VIII a.C., el asentamiento de colonias y factorías fenicias por toda la costa meridional impulsó el desarrollo indígena y su sociedad alcanzó pronto un nivel urbano, formándose pequeñas ciudades-estado regidas por reyes de tipo sacro. Su fastuosidad y riqueza, que documentan joyas y objetos suntuarios aparecidos en tumbas como las de Aliseda (Cáceres) o La Joya (Huelva) y en palacios, como el de Cancho Roano (Zalamea de la Serena, Badajoz), dio a Tartessos una fama de país fabuloso, de lo que se hacen eco relatos semilegendarios conservados en la Biblia y en algunas noticias de los historiadores griegos.
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