| El agotamiento de los recursos. |
Cuando los vikingos llegaron a Groelandia, todo lo que había en la isla era para ellos. Pero en aquellos momentos del S.XIV, tenían que compartirlo con los Inuit, que competían con ellos por los recursos. Esto fue especialmente cierto en Nordseta, las tierras de caza en verano, unos 500 kilómetros al norte del asentamiento oriental. Durante generaciones, los vikingos habían viajado al lugar, donde cazaron morsas, narvales y osos polares, necesarios para el comercio con Europa, para el pago del diezmo a la Iglesia y de los impuestos reales. La relaciones con sus vecinos Inuit parece que fueron amigables unas veces y hostiles otras. De hecho, se han encontrado utensilios de ambas culturas en los hogares y tierras de unos y otros, lo que se cree que prueba de forma evidente que existía un comercio entre ellos, ya que otra explicación sería que se los arrebataran mutuamente en diversas razzias o enfrentamientos.
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Sección en planta de la granja Brattahlid, levantada por Erik El Rojo. |
Las fuentes vikingas que mencionan a los Inuit, a los que llamaban Skraelings, cuentan que se trataba de cazadores, pequeños y cuando se les hería, sus heridas tornaban blancas y no sangraban. Pero cuando morían, no dejaba de salir sangre de estas heridas. Y desde luego, se narran los continuos enfrentamientos con ellos.
Un antiguo texto mantiene que un numeroso grupo de Skraelings, que habitaban en la zona de la Isla de Ellesmere, muy hacia el norte, migraron hacia la costa oeste de Groelandia y arrasaron el asentamiento islandés que allí se asentaba. Ivar Bardarson, administrador de la propiedad eclesiástica en Groelandia y miembro de un asentamiento hermano que se encontraba unos 450 kilómetros al sureste, fue instado a reunir una fuerza de hombres que navegaron hacia el noroeste a fin de rechazar a los invasores, pero cuando llegaron al lugar “se encontraron con que no había nadie, cristiano o pagano, nada excepto algo de ganado salvaje y ovejas. Los atacantes mataron a todo el ganado que pudieron llevar y volvieron de vuelta a sus hogares”.
Tal y como narra el propio Ivar Bardarson, en su Descripción de Groelandia, años después se produjo el ataque del asentamiento oriental, en el que fallecieron 18 hombres y se capturó a dos mujeres y dos niños. Pero según el arqueólogo canadiense Robert McGhee, no existe evidencia física de masacres o de la destrucción de asentamientos o propiedades vikingas. Y menciona que los Inuit, en su tradición oral, no tienen ningún vestigio de que se produjera en algún momento lo que narra Bardarson.
En una granja excavada entre 1.976 y 1.977, se realizó un descubrimiento que sorprendió a los arqueólogos, puesto que demostró hasta que punto estaban desesperados por el hambre en el lugar: durante un crudo invierno, los granjeros sacrificaron a un ternero y un cordero recién nacidos, dejando enterrados sus restos, que se ha comprobado que se reaprovecharon para, quien sabe, hacer uso alimenticio de ellos. Hasta la cornamenta de un ciervo hallada en el lugar, se aprovechó como comida. Quien quiera que sacrificara los animales, vivía en pésimas condiciones. Y lo peor es que parecía estar acostumbrado.
La costumbre de enterrar los huesos de los animales sacrificados debajo de los suelos de las viviendas, se extendió por todo el asentamiento oriental, lo que atrajo a las ratas y a diferentes tipos de insectos, como moscas. Éstas, traídas de forma accidental desde Europa, dependían por completo para su supervivencia del entorno caliente que les proporcionaban las granjas y el poco salubre interior de las estancias. El radiocarbono ha datado como fecha de la desaparición súbita de estos insectos hacia 1.350, seguramente cuando las granjas fueros deshabitadas.
El cementerio de Herjolfsnes, en el extremo más meridional de Groelandia, arroja algo de luz a lo que pudo suceder en los últimos días en que el asentamiento oriental estuvo habitado. Y es que, durante unas excavaciones en el lugar, los arqueólogos vieron que el camposanto estaba siendo barrido por las olas y que los restos de las tumbas estaban siendo arrastrados por las olas. Los restos hallados, evidenciaron una vida muy dura: las dentaduras tenían un serio desgaste, las articulaciones de la mayoría de adultos estaban espesadas por el reumatismo… Según los colonos del asentamiento oeste, los miembros del asentamiento este, se marcharon hacia el oeste, a lo que actualmente es Norteamérica. Pero esa teoría queda descartada por la carencia de medios de que pudieran disponer para poder fletar naves que llevara a todos los habitantes hacia el oeste.
Se baraja la posibilidad de que fuera la peste la que acabó con los habitantes de Groelandia, ya que se sabe que, por ejemplo, la población de Islandia se redujo a la tercera parte cuando la plaga asoló la isla en 1.402 y durante dos años. Pero no se han hallado fosas comunes o restos que permitan determinar tal afirmación.
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Restos en la actualidad de lo que queda Brattahlid. |
La vida en los asentamientos.
Entonces, ¿es posible que fueran objeto de continuadas incursiones piratas que diezmaran a la población? En ese caso, ¿quiénes podrían ser? La datación de un gorro totalmente ajeno a la isla, denominado Gorro Burgundio y fechado entorno al año 1.300 d.C. podría ser la clave. El diseño de este gorro sugiere que su origen sea norteño, no de la zona mediterránea y es de aspecto similar a los que empleaban las mujeres en aquella época en la zona del País Vasco. Los arqueólogos inicialmente se plantearon la posibilidad de que los vascos hubieran llegado hasta aquellas latitudes y que hubieran llegado a ser enemigos de los groenlandeses, ya que según la tradición recogida en las sagas, los vascos fundaron una estación ballenera, y eso es lo más sorprendente, en Newfoundland hacia 1.370, lo que implicaría que llegaron a América más de un siglo antes que Colón. Lo cierto es que si suponemos que existía entre vascos y groenlandeses una competencia por la captura de ballenas, sería posible que existiera una profunda enemistad entre unos y otros, lo que podría haber provocado que las supuestas incursiones vascas, diezmaran a la población.
Pero se añade otro elemento a esta teoría. Y es que durante el S.XV los ingleses y los alemanes realizaron salvajes incursiones en Islandia, con lo que no sería descabellado pensar que llegaran hasta Groelandia con el mismo objetivo: saquear a sus habitantes. Una historia Inuit, recogida por Niels Edege, narra, en boca de un danés que creció en Groelandia durante el S.XVIII (cuando Dinamarca recolonizó la isla) y le fue contada por los Inuit en aquella época, una versión que aporta algo de fiabilidad a la teoría de las incursiones extranjeras. Al parecer, en la historia se dice que tres naves extranjeras se aproximaron desde el suroeste y que una vez tocaron tierra, se dedicaron al saqueo. Muchos de los habitantes del lugar, que eran noruegos, fueron asesinados. Pero pudieron rechazar la amenaza y dos de los buques marcharon, quedando el tercero capturado. Pero al año siguiente, una flota entera se enfrentó a los noruegos, y aquellos que lograron escapar, zarparon rumbo al sur, dejando atrás algunos compañeros. Al año siguiente, los piratas regresaron y cuando los supervivientes los vieron aproximarse, cogieron lo que pudieron a toda prisa y se ocultaron en los agrestes fiordos de la costa. Al regresar, hacia el otoño, todo lo que dejaron atrás, había desaparecido.
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Otra vista de Brattahlid. El agotamiento de los recursos o quizás la incursiones piratas, fueron el final de los asentamientos groelandeses. |
Pero una vez más, la ausencia de cualquier vestigio arqueológico, como los evidentes signos de violencia, hacen que la narración sea poco más que otro cuento insostenible. Y es que, de todas las casas que se han estudiado en el asentamiento occidental, únicamente una de ellas muestra señales de haber sido destruida por el fuego. Y si estas incursiones hubieran tenido lugar en el asentamiento oriental, mucho más grande, deberían haber aparecido signos de la masacre que tuvo lugar. Sí es cierto que las iglesias de ambas colonias fueron completamente desprovistas de todo aquello que tenía algo de valor, pero sería la reacción lógica de la gente que trata de proteger los contenidos sagrados que podrían haber sido saqueados.
Quizás, de todas las teorías que hemos expuesto, la versión menos dramática y más coherente sería la que propone Thomas McGovern, del New York´s Hunter Collage, que ha participado en las excavaciones que actualmente tienen lugar en Groelandia. Él propone que los habitantes del lugar llegaron a perder la habilidad para adaptarse a las cambiantes condiciones y los ve como víctimas de una corriente de pensamiento fatalista y de una sociedad hierática, dominada por la Iglesia y los latifundistas. En su ceguera por verse a si mismo como auténticos europeos, los groenlandeses se equivocaron y no trataron de adoptar, por ejemplo, las vestimentas que los Inuit utilizaban como protección contra el frío y la humedad, o la ropa de caza de los esquimales, totalmente adaptadas a esas condiciones. Desconocían el arpón con gancho, que les habría permitido capturar focas en los agujeros que estas practican en el hielo para respirar y no se molestaron en pescar con anzuelos, que podrían haber realizado sencillamente a partir de huesos, tal y como hacían los Inuit. En lugar de ello, prefirieron permanecer en sus granjas, dedicados a un estilo de vida en el que se limitaban a ver crecer a su ganado en lugar de enfrentarse al imperceptible pero inexorable empeoramiento de las condiciones de vida.
McGovern cree también que por añadidura, a esas duras condiciones de vida, le siguió un declive en la tasa de natalidad. Los jóvenes que iban creciendo, vieron ante ellos un brillante porvenir lejos de aquel infierno y que podían esperar algo más de la vida si se desplazaban a lugares donde plagas como la peste habían asolado a la población, ya sea en Islandia o Noruega, ambos lugares tierras de sus ancestros. A lo largo de los años, continúas oleadas de emigrantes groenlandeses ocuparon aquellos huecos que dejaron otros en las tierras que vieron nacer a sus antepasados, reduciéndose de forma paulatina la población de Groelandia.
Pero no todo el mundo debió dejar el lugar, obviamente. Lo que si es cierto, es que los que permanecieron en sus hogares, no podían menos que esperar un fatal destino. Así lo atestiguaron en 1.540 una partida de marineros islandeses que se vieron arrastrados hasta Groelandia por un temporal. El único nórdico que encontraron en toda la exploración que realizaron del lugar, falleció delante de sus narices, vestido con harapos y pieles de foca. Cerca de él, se encontraba su cuchillo, torcido, gastado y sin apenas filo. Conmovidos, se llevaron a aquel pobre diablo de regreso con ellos para que descansara en la tierra de la que siglos atrás, zarparon sus antepasados en busca de un futuro mejor.
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