El área que actualmente conforma la ciudad que conocemos como Nueva York, fue habitada en su origen por las tribus indígenas de los Manahattoes y Canarsies, de los que desgraciadamente se sabe bien poco debido a la ínfima cantidad de registros arqueológicos que se poseen en la actualidad.
Fue el florentino Giovanni da Verrazzano (1485 – 1528), navegante italiano al servicio del rey Francisco I de Francia, quien, a bordo del Delfín (título que hace referencia al heredero de la corona francesa), descubrió esta zona en el año 1524, cuando, debido al mal tiempo, debió acercarse a la costa. Los indios le mostraron un lugar muy apropiado para anclar (actualmente denominado Newport), donde permaneció dos semanas comerciando, a la espera de buenas condiciones meteorológicas. Fue el primer europeo que entró en la bahía de la actual Nueva York, si bien cuando regresó a Europa, presentó al rey un relato del viaje contándole su gran pesar al abandonar la región porque, según sus palabras, "parecía tan espaciosa y tan encantadora y la considerábamos enormemente rica…". De hecho en una misiva enviada a éste, le relataba:
Giovanni da Verrazzano, primer europeo que entró en la bahía de Nueva York
“Hemos encontrado una posición muy agradable entre unas colinas empinadas, a través de la que un río muy ancho, profundo en la desembocadura, avanzaba al mar. Desde el mar al estuario del río, podría pasar cualquier barco muy cargado, con la ayuda de la marea, que se alza a ocho pies”. (Verrazano. Carta a Francisco I)
El rey no se interesó ni por el maravilloso paisaje de Long Island ni por sus grandes riquezas: su interés se limitaba a encontrar un paso a las Indias orientales.
Pasó casi un siglo, cuando en 1613 la Compañía holandesa envía cinco barcos a remontar el río Hudson, regresando estos cargados de pieles fácilmente compradas a los indios. De este modo, algunos empiezan a vislumbrar el potencial de recursos existentes en la zona. A tal efecto, en 1621 se funda la Compañía Holandesa de las Indias Occidentales con el fin de establecer la colonia de Nueva Holanda en las recién descubiertas tierras del Nuevo Mundo.
Se erigieron dos fuertes con puestos de intercambio comercial: uno en Nueva Amsterdam, en el extremo sur de la isla de Manhattan, y otro a 240 kilómetros subiendo por el río Hudson, en la actual localización de Albany, entonces llamada Fort Orange. En 1626 a los ilustres y poderosos señores de los Estados Generales de Holanda les llegó información de que todo marcha bien en Nueva Amsterdam y de que la gente de allí era de buen carácter y vivía en paz.
El primer gobernador de Nueva Amsterdam, Peter Minuit había comprado la isla de Manhattan a los nativos por un total de sesenta florines (una verdadera miseria), para garantizar el asentamiento progresivo de colonos holandeses. Pero la Compañía carecía de motivaciones religiosas o políticas, y tenía problemas para reclutar colonos, ya que los holandeses no deseaban abandonar la próspera y libre Holanda, recién independizada de España. De ahí que los primeros colonos no fuesen holandeses sino franceses, que aceptaron la aventura de vivir en un nuevo mundo para huir de la persecución religiosa.
Vista virtual de la ciudad de Nueva York desde uno de sus rascacielos (imagen tomada por Martin Dürrschnabel en primavera de 2005).
Sin embargo, la realidad de Nueva Amsterdam era muy diferente al ideal que conocían en Holanda. A la llegada del nuevo gobernador, llamado Meter Stuyvesant, en 1647, la situación no podía ser peor: la Administración estaba en ruinas, la moral de los 300 colonos era inexistente y los recursos para su subsistencia, paupérrimos. Y así siguió siendo hasta el fin de la gestión de Stuyvesant, en 1663.
Debido a este desinterés generalizado por la colonia, cuando el coronel británico Nicholls se presentó con cuatro barcos de guerra ante la isla de Manhattan, la principal defensa de la isla, el fuerte Amsterdam, era un bastión decrépito con los muros en avanzado estado de derrumbe. Los cuarteles y la iglesia eran de madera y vulnerables al fuego, mientras que casas de madera se alineaban contra los muros exteriores. Además, el gobernador de la plaza, Peter Stuyvesant, se veía entorpecido por la falta de armas. Los veinticuatro cañones del fuerte estaban oxidados y eran inútiles, y la pólvora disponible era vieja y estaba húmeda.
Los ingleses contaban con la ventaja añadida de que su flota tenía un aspecto mucho más impresionante de lo que valía en realidad. Mientras Stuyvesant examinaba el Hudson desde el fuerte Amsterdam, distinguió cuatro barcos que llevaban un total de cien cañones. Pero sólo uno de ellos, el Guinea, era un buque de guerra. Los otros eran mercantes desvencijados que habían sido adaptados apresuradamente antes de zarpar de Portsmouth. El número de hombres a bordo también se había exagerado mucho. Según los informes de Stuyvesant, el total de las tripulaciones sumaba ochocientos hombres. En realidad eran menos de la mitad de esa cifra. Sin embargo el gobernador no se dejó disuadir y juró que caería luchando. Pero sus hombres habían perdido la confianza, a causa de lo que se contaba acerca de los belicosos soldados ingleses, y nadie en Nueva Amsterdam tenía valor para la lucha.
Sin posibilidades de hacer frente a la superioridad inglesa, Stuyvesant se vio obligado a aceptar la rendición que le ofrecieron y firmó la cesión de los derechos holandeses sobre Manhattan (8 septiembre 1664); de este modo el rey Carlos II de Inglaterra, regaló la colonia a su hermano Jaime, duque de York. En su honor, la colonia fue rebautizada como Nueva York.
- Isla de Ellis, Historia, VII 219-228 (selección), traducción de Carlos Schrader, Biblioteca Clásica Gredos, Madrid, 1985.
- Edmund Bailey O´Callaghan, History of New Netherland (New York, 1846-9).
- Resumen de la historia de Estados Unidos de América, http://usinfo.state.gov/espanol/eua/hist.htm
-Kevin Kenny, The American Irish: A History, Ed. Longman, 2000.