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Los inicios. El faro de Alejandría.


Como aparece el fuego encendido en un sitio solitario de la cumbre de un monte a los navegantes que vagan por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus amigos; de la misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo de Aquileo llegaba al éter”. Así compara Homero, en el canto XIX de La Ilíada, el escudo de Aquiles con el fuego que alumbraba a los navíos que surcaban las oscuras noches del Mediterráneo desde lo alto de un monte.

Así eran los primeros “faros” de la historia, hogueras colocadas en lugares estratégicos cuya función no era otra que servir de guía a los navegantes, carentes al caer la noche de los puntos de referencia utilizados durante el día. Normalmente se situaban en lo alto de un monte próximo a la costa, de manera que fuesen visibles desde el mar. Se construían estructuras que elevaran las fogatas y que protegieran el fuego de situaciones temporales adversas, que podían apagarlo dejando así al marino huérfano en la noche. Un ejemplar de este tipo de estructuras (a las que todavía no podemos llamar faros) sería el Coloso de Rodas, empezada por el escultor Cares de Lindos y terminada por Lachus, aproximadamente en el 280 a.C.; era una figura de bronce desnuda, cuyo brazo derecho alzaba una copa en la que se colocaba una hoguera, a la cual se accedía por unas escaleras situadas en el interior del “coloso”. Estaba situada en la entrada del puerto de Rodas y se podía divisar en todo el horizonte, hasta que un terremoto en el 225 a.C. destruyó la obra que no volvió a erigirse.

 
Moneda griega del S.V a.C. en el que aparece el faro de Alejandría.


Tal era la importancia de estas señales en una civilización volcada al mar, que llegaron a construir templos en su honor, rindiéndoles culto e incluyéndolos en la mitología griega.

El origen de los faros no era muy difícil de imaginar, ya que resultan imprescindibles para la navegación durante la noche, y el fuego ha sido siempre un recurso muy usado por el hombre desde su descubrimiento. Pero, ¿de dónde proviene su nombre?,  pues proviene de una torre recubierta de mármol de unos 160 metros de altura, que se erigió en la isla de Pharos, situada  al oeste de la desembocadura del Nilo y frente a la ciudad de Alejandría.

El Faro de Alejandría fue el faro más famoso del Mediterráneo, y fue considerado una de las siete maravillas del mundo. Se construyó bajo el reinado de Ptolomeo II,  y el encargado de su construcción, en el año 285 a.C., fue el arquitecto e ingeniero Sóstrato de Cnido (que hizo grabar en la base de la torre las siguientes palabras: Sóstrato de Cnido, hijo de Dimócrates, a los dioses salvadores, por aquellos que navegan por el mar). Según la leyenda, Sóstrato buscó durante mucho tiempo, para los cimientos, un material que resistiese el agua del mar, y finalmente construyó el faro sobre gigantescos bloques de vidrio.

La torre tenía una base cuadrada y se dividía en cuerpos cada vez más pequeños; en lo alto se situó una pequeña mezquita, a la que se accedía por una rampa en espiral. El fuego, alimentado con leña y resina, se encendía en la azotea de la mezquita, en la parte más alta; junto al brasero se colocaba una especie de espejo con forma de lente, que se ponía delante de la llama para proyectar la luz a mayor distancia. Gracias a un sistema de iluminación ideado por Arquímedes, dicha luz se podía ver desde una distancia de unas 25 millas en noches de buena visibilidad.

El faro quedó totalmente destruido en el año 1349, después de sufrir un progresivo deterioro ocasionado por el paso del tiempo y algunos terremotos, que han ocultado para siempre sus ruinas.
La fama del Faro no pasa desapercibida para las diferentes culturas que han surcado el Mediterráneo, pues de él encontramos representaciones en monedas romanas (de la época de Domiciano las más antiguas), en mosaicos, en vasos griegos y en otros objetos de la época, los cuales constituyen una importante fuente de información. A través de todo este material podemos afirmar la existencia de una estatua y unos tritones que adornaban la torre y de los que salía vapor a presión con la finalidad de emitir un sonido a modo de sirena que guiara a los barcos en caso de poca visibilidad.
El faro despertó la estimación de algunos y el odio de otros. Cuando los árabes conquistaron Egipto, en el IX, continuaron utilizando el famoso faro. Por otro lado, un emperador de Constantinopla, para dificultar la navegación de los árabes, decidió destruirlo, pero al carecer de fuerza para enfrentarse al califato, recurrió a la astucia. La historia cuenta que envió un emisario al califa Al-Walid, con la consigna de hacerle creer que había un gran tesoro en la base de la elevadísima torre. El mandatario se creyó la farsa y mandó la demolición del faro. Antes de la total destrucción, quizás advertido por alguien del engaño, hizo suspender el derribo cuando ya se había demolido una gran parte.

Asimismo su importancia no ha pasado desapercibida para autores como Plinio, que dejó una estupenda descripción de la construcción, o como César que consideraba el faro como la puerta de Egipto, símbolo del comercio y de la energía de la ciudad, y también símbolo del orden urbano que Alejandro Magno sembró a través de Oriente. No podemos olvidar que Alejandría fue en su tiempo la ciudad más importante del mundo, poseía la mayor biblioteca conocida, era famosa por sus mercados y almacenes. En ella descansa el mismo Alejandro (fundador de la ciudad que lleva su nombre) y ha sido cuna de diferentes culturas y religiones, pues en ella se han erigido las primeras sinagogas, templos de sectas esotéricas, burdeles fastuosos, palacios blanqueados, iglesias de monjes quimeristas y reposo de restos de mártires, como las reliquias de San Marcos. En este entorno de enormes proporciones, transcurría el tiempo a una velocidad devoradora que hacía de Alejandría el lugar más excitante de la tierra.

No hay duda de que el faro de Alejandría fue el más famoso de todos sus tiempos, por ello fue el que dio nombre a este tipo de torre con luz que se ha ido perfeccionando a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días. Pero no fue el único, pues los romanos sembraron de faros el litoral mediterráneo, de los cuales tenemos noticias por restos arqueológicos que desvelan su emplazamiento o por autores que mencionan su existencia. En estas fuentes nos encontramos torres de faros de diferentes formas y tamaños según su situación, alimentados por fuegos de leña, resina o aceite de oliva. Podemos encontrar evidencias de faros romanos en Italia (como el faro de Ostia, el de Mesina, el de Capri), Francia (como el de Marsella o la Torre de Orden, mandada construir por Calígula,), Inglaterra (como el de Dover en el paso entre la Galia y Britania o el Faro de Orden, en el paso entre Inglaterra y Francia), Grecia y las costas de Asia y del norte de África (como el de Cartago o Laodicea).



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Bibliografía.


- S. HUTTER, T. HAUSCHILD, El faro romano de La Coruña, Ediciós do Castro. 1991.
- SÁNCHEZ TERRY, Miguel A., Los faros españoles: Historia y evolución. MOPT, 1991.
- El correo digital, 3 de abril del 2004.


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