| La evolución en España y Baleares. |
Por supuesto también encontramos faros romanos en España, entre los que se encuentra el más famoso de todos ellos, la Torre de Hércules en Coruña. Faro construido en el siglo II d.C., de 58 m de altura y situado en un cerro que se eleva 50 m sobre el nivel del mar, es el más antiguo de los faros que hoy en día siguen funcionando. Al igual que el faro de Alejandría, ha sido protagonista de numerosas historias, tanto de galeses, como irlandeses o escoceses. Alfonso X el Sabio mandó colocar un espejo de cobre en lo alto de la torre, en el cual se podía divisar todo el horizonte, revelando la presencia de cualquier barco que surcase sus aguas.
Además, en cierta obra de su autoría se atribuye la construcción del faro a la fundación de la ciudad de Brigantium, una vez Hércules venció al gigante Gerión, cuya cabeza se enterró en los cimientos de la torre. Durante la Edad Media se cree que el faro perdió su uso marítimo, al convertirse en fortificación y hasta el siglo XVII no se encargó su restauración arquitectónica (por parte del Duque de Uceda) a Amaro Antune, que construyó una escalera de madera que atravesaba las bóvedas hasta la parte superior donde situó dos pequeñas torrecillas para soportar los fanales. Pero habrá que esperar hasta el reinado de Carlos IV ver la reconstrucción completa, que modificará la estructura original de la torre romana.
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Porto Pí, legado de los romanos, actualmente en desuso. |
Otro de los faros españoles más antiguos, es el faro de Chipiona, mencionado por Estrabón en el siglo I. Es el más alto de España, con 69 metros de altura y 344 peldaños. Está situado en la desembocadura del Gualdalquivir, en la costa de Chipiona, orientando así a los navegantes que quieren adentrarse en el río, advirtiéndoles de la existencia del arrecife de Salmedina y de la Punta del Perro.
Y no podemos dejar de mencionar el que ha sido uno de los faros más antiguos del Mediterráneo, el faro de Porto Pí, en Palma de Mallorca. Fueron los romanos quienes situaron el puerto de la ciudad en Porto Pí, pues lo trasladaron a este enclave natural por ser éste más funcional que el anterior, también natural. El faro fue remodelado y desplazado de nuevo por los musulmanes, y en el s.XIV los cristianos construyeron el primer puerto no natural. La construcción de una fortificación en Porto Pí obligó a retirar el faro de aquella zona en el siglo XVII.
Dejando de lado la descripción de algunos de nuestros faros, veamos qué sucedió con ellos con el avance de los siglos. Con la caída del imperio romano, el comercio se paralizó y Europa entró en un período de guerras que impidieron el desarrollo social y económico; por tanto no se conservan faros de esta época, pues no se construyeron, y muchos de los existentes desaparecieron.
A partir del siglo XII se reactivó la navegación y el comercio, lo que provocó la necesidad de construir nuevos faros, a la vez que se reanudó el funcionamiento de otras torres ya existentes, como fue el caso del faro de Porto Pí, del que acabamos de hablar.
En el siglo XVIII se reemplazó la combustión de leña para iluminar los faros, pasando a utilizar las lámparas de aceite con mechas tubulares y chimeneas de vidrio, que se verían sustituidas más tarde por cristales de aumento. Se cuenta que en este momento los agricultores mallorquines debían contribuir al mantenimiento de la luz del faro de Porto Pí con una determinada cantidad de aceite. Es en esta época cuando se conforma la imagen actual que tenemos de los faros, en el que se suceden numerosos avances científicos, que influirán en su evolución.
Será ya en el siglo XIX cuando se avance en la óptica de los faros, de mano de Agustín Fresnel, que introduce el sistema dióptrico, en el cual los rayos de luz son enviados a través de lentes esféricas rodeadas de prismas anulares. Años después, T. Stevenson mejoró la invención de Fresnel, insertando una lente delante de un reflector, produciendo así la luz llamada catadióptrica.
En cuanto a temas de legislación, debemos esperar hasta el año 1842, en el que se constituyó la Comisión Permanente de Faros, encargada entre otras cosas de discutir acerca del sistema que debe regir la edificación y servicio para los faros de España, hoy en día llamada Comisión de Faros. Cinco años después, se aprobó el primer Plan de Alumbrado Marítimo de las costas españolas, del que proceden la mayor parte de los faros que hoy existen en nuestro país. Y en 1851 la reina Isabel II fundó el legendario Cuerpo Oficial de Torreros de Faros, que establecía la primera escuela profesional en La Coruña.
No hemos hablado todavía de la figura del farero, alimentador de fuegos siglos atrás, técnico de mantenimiento de sistemas electrónicos hoy en día. De todos ellos la imagen que ha quedado en nuestra retina, gracias al Romanticismo, no es otra que la del farero luchando contra la tormenta, con su impermeable. Los avances tecnológicos han hecho innecesaria la presencia permanente de los fareros (que antaño tenían su residencia en la misma edificación) aunque la mayoría de los faros conservan aún las sirenas de alarma que despertaban al farero cuando sucedía una emergencia. De todos modos, cuando la electrónica falla y se produce el apagado de un faro, la presencia humana vuelve a ser tan necesaria como en otros tiempos para girar las lámparas manualmente y cronometrar la frecuencia de los destellos con un simple reloj de muñeca.
En definitiva, los faros han sido la luz de las noches de la historia de la humanidad, veladores del bienestar de nuestros marinos, sufriendo las inclemencias del tiempo que han provocado en muchas ocasiones verdaderas catástrofes humanas, porque al apagarse la luz del faro, muchas vidas también se han apagado. Y como reza la leyenda, estos náufragos se encargan de gritar con voz de sirena, alejando a los barcos de la costa durante las noches de niebla.
- S. HUTTER, T. HAUSCHILD, El faro romano de La Coruña, Ediciós do Castro. 1991.
- SÁNCHEZ TERRY, Miguel A., Los faros españoles: Historia y evolución. MOPT, 1991.
- El correo digital, 3 de abril del 2004.
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