La almeja es un bivalbo que vive enterrado en la arena en la zona intermareal. Se entierra en la arena o el lodo por medio de un pie musculoso en forma de hacha. Su concha está formada por dos valvas iguales, unidas por un ligamento que posibilita su apertura y cierre. Las almejas consiguen su alimento por filtración del agua del mar ingerida por su sifón, que les permite vivir enterradas a una profundidad de 15 a 30 cm., pudiendo soportar perfectamente las bajamares.
Los sexos suelen estar separados y su fecundación es externa. El crecimiento está en función de la temperatura, salinidad y abundancia de alimento, soportando temperaturas entre los 5º / 30º C., además de soportar bien los cambios de salinidad.
Es muy abundante en litoral atlántico y más escaso en la zona mediterránea.
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En la compra.
Podemos encontrar almejas durante todo el año en el mercado pero, dado que de una variedad a otra hay bastantes diferencias, sobre todo relativas al tamaño, es mejor preguntar en las pescaderías cuántas son necesarias para un determinado número de comensales.
Hablando de variedades, en el mercado podemos encontrar, desde las almejas llamadas de concha blanda, que poseen una concha sutil y blanca, hasta las de concha dura que, a diferencia de las primeras, la cierran herméticamente al tocarla. Estas últimas tienen menor tamaño, son las más caras y normalmente se sirven crudas o al vapor.
Cocinando.
La primera regla de oro para cocinar las almejas es recordar que nunca hay que cocerlas mucho, ya que la primera consecuencia será que se endurezcan y queden incomibles.
Las almejas grandes son deliciosas crudas, pletóricas de sabor marino, mientras que las pequeñas son mucho más adecuadas para hacerlas a la marinera, en arroces, en salsa verde o en otros muchos guisos marineros.
Eso sí, es muy importante, y no nos cansaremos de insistir, que si las almejas se van a comer crudas, a la hora de comprarlas hay que exigir una garantía de salubridad, es decir, que procedan de una zona marinera calificada como tal o que hayan pasado por una depuradora.
Trucos y consejos.
La mejor solución para quitar la arenilla que las almejas suelen tener dentro es lavarlas
en agua fría con sal.
No hay que olvidar que en cualquier preparación, las almejas no deben llevar más agua
que las que ellas mismas suelten, y que no hay que pasarse con el calor para que no
queden secas y correosas.
Otra forma de dejar a remojo las almejas es con un poco de vinagre y un puñadito de
sal durante una hora. Después se lavan con agua y se repite la operación. desechando
las que queden abiertas. Es lo contrario a lo que sucede cuando las cocinamos, que las
que hay que rechazar son las que se queden cerradas.
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