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- La conquista de Mallorca. Desembarco, primeras batallas y asedio -
Las naves que partieron de Cataluña, transportaban una fuerza de 15.000 hombres y 1.500 caballos, además de intendencia y máquinas de sitio. En Mallorca, el valí almohade Abu Yahya disponía de 18.000 hombres y 2.000 caballos, ó 42.000 hombres y 5.000 caballos, según las diferentes crónicas. Abu Yahya gobernaba, no sin tensiones internas, una de las ciudades “más fuertes del mundo y mejor amurallada”, con una población de unas 50.000 personas -muchas de ellas comerciantes pisanos, genoveses o catalanes de paso - en una isla cuajada de alquerías y predios.
Desde el mismo momento del desembarco en Santa Ponça el 12 de septiembre de 1229, quedaron patentes las intenciones cristianas: no se hicieron prisioneros y se cuentan unas 1.500 bajas en las filas sarracenas. Casi inmediatamente a esta victoria inicial, comenzaron los actos de cobardía e indisciplina en las filas de la hueste cristiana. Así, Jaume I ordenó ese mismo día que un tercio de la hueste permaneciera de guardia en tanto el resto disponía el campamento, pero los nobles catalanes -de quienes dependían personalmente los peones y jinetes que habían aportado en las cortes de Barcelona- simplemente no le hicieron caso alegando cansancio de hombres y monturas.
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Movimientos de las fuerzas cristianas (en amarillo) y musulmanas (en marrón oscuro) durante la conquista y asedio (pulsar para ampliar). |
Otro episodio de esta índole se produce al tercer día de desembarco. Pocas horas antes de la batalla de Porto Pi, Nuno Sanç y Guillem de Montcada, discutieron delante del rey quién de los dos dirigiría las fuerzas, ya que ninguno se prestaba voluntario para la misión ni estaba deseoso de asumir el peligroso honor. Finalmente Nuno Sanç fue el que “ganó” en la disputa y dejó que el honor de comandar las fuerzas cristianas cayera en manos de Guillem de Montcada, quien se vió acompañado por el Conde de Ampurias. Sin embargo, a la hora de avanzar, los nobles se desentendieron de la acción, entretenidos en el campamento, y dejaron al rey solo al mando de los peones.
Al iniciarse la batalla, se toparon con un fuerte contingente de caballería musulmana que obligó a retroceder a las tropas de Nuno Sanç, que dicho sea de paso, se retiró con mucha presteza y pocas ganas de resistir. Ante tal hecho, se hizo famosa la exclamación del rey Jaime I “Vergonya cavallers, vergonya” (Vergüenza caballeros, vergüenza) ante la cobardía mostrada por la flor y nata de las tropas catalanas. El propio rey detuvo y reprendió a Guillem de Mediona, quien en su defensa arguyó que abandonó la lucha porque una pedrada le había provocado una herida en la boca. El rey le espetó que “por tan poca cosa, un caballero no abandona la batalla”.
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Nuno Sanç, mural del Salón del Tinell, en el Palau Reial de Barcelona. Este particular personaje, indisciplinado y egoísta, provocó más de un dolor de cabeza durante el conflicto. |
El asedio.
Tras el ridículo inicial, consiguieron que los musulmanes se retiraran y Jaime I quiso avanzar rápidamente sobre la Medina, que ya se divisaba, para cortar la retirada a los huidos. Pero los nobles, en un sospechoso alarde de fervor cristiano, le rogaron que se detuviera a fin de que se pudieran celebrar los funerales por Ramón y Guillem Montcada, muertos en la batalla.
La cuestión es que, entre el dolor por la pérdida de los hermanos Montcada y el dónde instalamos el campamento, pasaron ocho días. El emplazamiento elegido se encontraba a pocos kilómetros de las murallas, por lo que Jaime I ordenó que se montaran, con la ayuda de expertos marselleses pagados con fondos reales, dos trabucos, un manganell turqués y un fenévol, que empezaron a bombardear la Medina. Por su parte, los musulmanes respondieron con dos trabucos y catorce algardas. Ante el avance imparable de los sitiadores, se recurrió a una treta muy de la época: los musulmanes ataron a varios cautivos cristianos en lo alto de las murallas, para que los atacantes se vieran forzados a detener el bombardeo. Si embargo, el rey no se apiadó, encomendó los prisioneros a Dios, redobló las descargas (que pasaron por encima de las cabezas de los cautivos) y éstos fueron devueltos al calabozo por sus captores al no tener éxito el chantaje.
Y como en la época no se andaban con miramientos, a la estratagema musulmana, siguió la cristiana de amedrentar a los sitiados lanzado con catapultas las 400 cabezas de otros tantos musulmanes capturados en una escaramuza que, al mando de Fati Allah -lugarteniente del walí-, intentaban reabrir la fuente que proporcionaba agua a la Medina, y que los cristianos habían cegado. Quedaban así advertidos los musulmanes de cuales eran las intenciones de lo que les llegaría a suceder cuando sucumbieran ante la ira de Dios (el cristiano, claro está). Fue esa determinación de acabar por lo sano, lo que llevó a los nobles cristianos a rechazar dos negociaciones ofrecidas por los musulmanes para tratar la virtual rendición de Abu Yahya, que ofrecía la ciudad y el resto de la isla a condición de que se respetaran de las vidas de los defensores y se dejara partir a quienes lo desearan. Jaime I era partidario del acuerdo, ya que le economizaba soldadas y vidas y le proporcionaba una ciudad intacta, pero los numerosos parientes de los Montcada y el obispo de Barcelona exigieron venganza y exterminio, juramentándose en ser los primeros en entrar en la Medina. El rey no pudo más que de doblegarse, ceder y rechazar la oportunidad de terminar rápidamente la campaña.
Sin embargo, lo que ya se estimaba una derrota clamorosa, tornó en seria bofetada en la cara cristiana. Entre el 30 de noviembre y el 2 de diciembre, los cristianos fueron derrotados en tres ataques sucesivos de los musulmanes, lo que obligó a plantearse a los catalano-aragoneses si realmente iba a ser tan fácil aquello de cortar cabezas. De nuevo Nuno Sanç dio muestras de su indisciplina y valentía al querer abandonar el campo para acudir a una cena que le ofrecía un moro amigo. Pero se lo impidió un amago de motín entre los nobles, que le echaron en cara este abandono y amenazaron con marcharse todos y desertar del incómodo sitio si lo hacía Sanç.
Finalmente, Nuno Sanç desistió de ir a cenar con su amigo, pero eso dio pie a que se iniciaran de nuevo los juramentos y “Por Dios y el Rey” sobre quienes entrarían primero en la Medina y la que iban a liar una vez allí con todos sus habitantes. Sin embargo, todo ese fervor cayó al cabo de unos días, en el olvido, apesadumbrado por una moral cada vez más baja, puesto que la Medina seguía sin caer, a pesar del asedio.
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