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- La meteorología marítima durante la expedición de conquista -
Ante el título de este capítulo del presente reportaje, muchos puedan considerar (no sin cierta razón) que es imposible determinar la meteorología reinante en el momento en que tuvieron lugar los hechos narrados. Sin embargo, nada más lejos de la realidad, ya que existe una fuente de primera mano que ha permitido discernir con total acierto, tal y como comprenderemos a continuación, los fenómenos meteorológicos que se encontraron en la travesía desde la Península hasta Mallorca, los cristianos.
La fuente en la que se basa todo el documento que sigue a continuación no es otra que el propio rey Jaime I, quien en su Crónica o Llibre deis Feits da una serie de detalles fundamentales. Por otro lado, el estudio realizado por el Sr. Jaime Miró-Granada Gelabert, meteorólogo y ex - Jefe del Centro Meteorológico de Baleares, que, además, es patrón de embarcaciones deportivas. Pero sin más preámbulos, conozcamos más detalles.
Si en el S.XIII el Reino de Aragón y Cataluña hubiera dispuesto de un Servicio Meteorológico que le proporcionara las previsiones para los primeros días del mes de septiembre de 1229, seguramente se le hubiera aconsejado al rey Jaime I que aplazara durante unos días la partida de la flota que se disponía a zarpar desde Tarragona, Salou y Cambrils rumbo a Mallorca. La razón es que se preveía un fuerte temporal que podía dar al traste con la expedición y por ende, de la conquista de la isla.
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Detalle de los mapas isobáricos correspondientes a:
1- Miércoles mediodía.
2- Jueves a las 00:00h.
3- Viernes a las 00:00h.
4- Viernes al amanecer.
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Ningún presagio de mal tiempo sería observado en la madrugada del primer miércoles de aquel mes de septiembre, puesto que la flota, bajo el mando directo de Ramón de Plegamans, recibió orden de zarpar, haciéndolo en primer lugar la que estaba recalada en Salou y estableciendo el orden acordado en consejo anterior. Encabezaba la formación la nao de Nicolás Bonet, que, llevando a bordo al vizconde de Bearne, navegaba como todas con mar rizada y con vientos terrales flojitos, que bien pudieron ser tomados por las brisas de tierra nocturnas, propias de aquellas costas en aquella época, pero que quizá fueran los primeros soplos de los vientos que después se entablarían.
Con vientos suaves en popa, por tanto, comenzarían a desplegarse las velas de la escuadra en tanto que nubes cirriformes, muy altas, teñidas de rojo por los primeros rayos del sol naciente, empezarían a cubrir el cielo por la parte de poniente, mientras que otras capas de nubes bajas se apelotonarían contra las sierras del interior, detenidas en los picachos; pero a sotavento de ellos los cielos quedarían libres de nubes bajas, precisamente en las costas en donde la escuadra comenzaba a hacerse a la mar.
Sin embargo, de haberse dispuesto de un simple barómetro, instrumento que no se inventaría hasta 400 años más tarde, hubiera intranquilizado y dado que pensar a los consejeros del Rey, puesto que la observación del acusado y continuado descenso de la columna de mercurio habría puesto de manifiesto la formación o el acercamiento de una borrasca. Como aplicación de una elemental regla meteorológica, supuesta ya conocida, un observador que se hubiera situado con el viento a la espalda habría localizado la dirección en que se hallaba el centro de la borrasca por la señalada por su brazo izquierdo lateralmente y un poco adelante extendido, que apuntaría hacia zonas transpirenaicas.
La galera de Montpellier, que actuaba de nave real y que se hizo a la mar la última, marchaba viento en popa con brisa cada vez más intensa y con mar cada vez más picada a medida que se alejaban del resguardo de la costa, de manera que se ensanchaba el área generadora del oleaje a causa de la energía transmitida por el viento, y se adentraba en el grueso rebasada ya la retaguardia mandada por el conde de Carroz. Toda la flota navegaba ya, en esta mañana del miércoles, con el buen orden y concierto acordado: las taridas, leños y demás naves, que transportaban los 15.000 hombres de a pie y 1.500 jinetes y sus monturas de las fuerzas de desembarco; en el centro de la formación, flanqueada por las 12 galeras y 25 naves gruesas que, en zafarrancho de combate, aseguraban la protección del convoy.
Algo pasado el mediodía, y en esta primera singladura navegadas ya 20 millas, el vientecillo terral, que debía ser Poniente o Mistral, amainaba casi bruscamente para al cabo de poco tiempo rolar al sudoeste, al Llebeig. El rolar el viento a este punto coincidiría con la llegada de un frente cálido, posiblemente con nubosidad alta de cirros y de estratos abundante y más escasa de nubes bajas, con escasez de nimbostratos y seguramente sin lluvia, lo cual dada la época del año y la situación de la escuadra cercana todavía a la costa y a sus escarpaduras de donde procedían las formaciones frontales, cae dentro de lo muy probable y, por tanto, las escasas manifestaciones nubosas previas sorprenderían a los capitanes de las naos que no esperarían a buen segura las inoportunas rachas del Llebeig.
Inoportunas, más que por lo intensas por la dirección de procedencia; el Sudoeste, lo que obligaba a modificar más hacia el Sur el rumbo llevado y a bracear las velas para recibir el viento por la amura de estribor, en una ceñida difícil para la clase de velas utilizadas en aquella época y que ocasionaba a los remeros un esfuerzo extraordinario. Al considerar lo poco favorable que el Sudoeste resultaba para la navegación y aún para las operaciones de desembarco en las playas mallorquinas de sus costas meridionales, los expertos de la galera real aconsejaron a don Jaime la conveniencia del regreso. Conocida es la respuesta del Rey, puesta su confianza en lo alto, en virtud de la empresa que le guiaba, y como al redoblarse el esfuerzo de todos, consiguió la galera de Montepellier adelantar a toda la escuadra durante aquella tarde del miércoles y situarse, ya de noche cerrada, junto a la nave de vanguardia, encorajinando así a todos y animándoles a proseguir a pesar de tantos inconvenientes. No debió ser menor el mareo experimentado por la gente acumulada en aquellos cascarones, batidos por mar y viento de costado.
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