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- Aparecen los piratas cilicios -

Tras la muerte del rey seleúcida Antíoco IV, a principios del siglo II a.C. se desató la guerra civil que redujo gradualmente el reino seleúcida a la anarquía. El caos político consecuente fue la oportunidad que muchos gobernantes del interior de Anatolia habían estado esperando, como por ejemplo Mitrídates, rey del Ponto y eventual enemigo de Roma, para ampliar sus territorios con los anteriormente dominados por los seleúcidas. Fue en este momento en que se materializaron los piratas cilicios, organizados originalmente por el oficial seleúcida Diodotus Tryphon en un intento desesperado por hacer frente a los rivales que pretendían la tierra cilicia. Entre el 146 a.C. y el 138 a.C. Tryphon se encargó de formar y disponer fuerzas navales a lo largo de la costa de Cilicia Tracheia, concretamente en Coracesium, que se convirtió eventualmente en el cuartel general de los piratas y muchos años después, en el último baluarte de estos ante la acometida de Pompeyo. Aunque ya llegaremos a eso.

Tras la muerte de Tryphon en el año 138 a.C. sus fuerzas navales continuaron asolando Siria y el resto de Cilicia, actuando ya “como piratas independientes y autónomos” (Rauh 1997a:264). Y la Cilicia Tracheia se convirtió en el paraíso de los piratas: ingentes cantidades de madera para la construcción naval, una posición idónea para controlar las rutas comerciales, multitud de escondrijos entre los acantilados, promontorios fácilmente defendibles y aguas poco profundas, infranqueables para los grandes barcos de guerra enemigos. Adicionalmente, el poderío naval de Rodas en aquella parte del Mediterráneo fue decreciendo, con lo que se dan las condiciones ideales para que la piratería cilicia se convierta en toda una pesadilla. Inicialmente, las incursiones piratas fueron toleradas por algunos de los reinos del Mediterráneo Oriental ya que contribuían de forma significativa a la economía gracias al comercio de esclavos que propiciaba y a la reventa de bienes robados. Más aún: la mayoría de sus ataques iban directamente dirigidos a los reyes seleúcidas, que eran enemigos de gran parte de los reinos de Asia Menor.

Vista del puerto de Antíoco en la actualidad. Sus 250.000 metros cuadrados lo convertían en el más grande de la zona, y lo escarpado de sus alrededores, en una fortaleza natural.
Vista del puerto de Antíoco en la actualidad. Sus 250.000 metros cuadrados lo convertían en el más grande de la zona, y lo escarpado de sus alrededores, en una fortaleza natural.

Pero la violencia en sus acciones era cada vez más indiscriminada y hacia el fin del siglo II a.C. se creó tal ambiente de psicosis en la mayoría del Mediterráneo, que se empezaron a erigir multitud de muros defensivos en pequeñas ciudades costeras para defenderlas de los piratas e incluso algunas ciudades abandonaron sus asentamientos costeros y se desplazaron hacia el interior a fin de evitar aquella violencia desatada. Sin embargo, algunas ciudades prefirieron cooperar con los piratas, por lo que se beneficiaron de su “protección”. La isla de Delos, por ejemplo, creó un mercado para esclavos secuestrados y otros botines piratas a cambio de la protección de estos y su promesa de no esclavizarlos.
Entre los negocios más lucrativos de los piratas, se encontraba el control del mercado negro de toda clase de productos: eran capaces de suministrar algunos de los bienes cruciales del mercado negro a los mercados legales, como por ejemplo el vino. Algunos autores sostienen que el comercio de vino y esclavos conectaban de forma directa a los piratas y los mercaderes romanos en Delos, especialmente antes e inmediatamente después de que Roma aprobara el bloqueo a todas las interacciones piratas entre los años 102 a.C. y 100 a.C. Existen incluso evidencias textuales, tal y como detalla Estrabón:

La exportación de esclavos les indujo a conseguir más en su maléfico negocio desde el mismo momento en que se demostró que podía ser más provechoso. No solo porque los esclavos se capturaban con facilidad, si no porque existía un mundo cargado de dinero dispuesto a pagar no muy lejos de allí. Me refiero a Delos, desde donde podían zarpar en barcos decenas de miles de esclavos en un solo día.”

Pero, ¿cómo podía ser tan grande la flota de los piratas cilicios? Recordemos que tan sólo unos años después, estos mismos piratas se comprometieron a transportar al famoso Espartaco y los aproximadamente 2.000 esclavos que le acompañaban de Italia a Sicilia. Actualmente sólo podemos hacer conjeturas, puesto que las fuentes antiguas son poco fiables al respecto. En algunas, como por ejemplo Estrabón, se nos dice que podrían haber sido más de mil embarcaciones en ciertos momentos puntuales. Quizás cuestionable pero, por ejemplo, recientes excavaciones en Delos, han sacado a la luz los restos de un mercado de esclavos de no menos de 6.000 metros cuadrados. Podemos imaginar el nivel de comercio de esclavos y la cantidad de ellos que podían pasar por este mercado al cabo de un día, tanto entrar como salir, con lo que efectivamente podrían disponer de una flota tan numerosa para transportar dicha “mercancía”…

Roma reacciona.
Tal y como hemos comentado anteriormente, la actividad pirata provocó el temor el todo el Mediterráneo y poco a poco estranguló el flujo comercial. Roma, temiendo por la preponderancia de su posición, decidió intervenir y contraatacar esta rebelión pirata a través del uso combinado de la presión diplomática y la fuerza: se creó la provincia romana de Cilicia a fin de proveer la legitimación de las leyes contra la piratería, aunque a día de hoy las fronteras de esta provincia de la Cilicia romana nos son desconocidas. Por otro lado, la República Romana comisionó en el año 102 a.C. al general Marco Antonio “El Orador” para doblegar la amenaza pirata, pero sus esfuerzos fueron en vano. Para colmo, el rey del Ponto, Mitrídates VI, decidió desafiar a la emergente Roma e inició una serie de guerras que transcurrieron entre el 89 a.C. y el 63 a.C. Los piratas cilicios encontraron en Mitrídates a un aliado  estratégico, uniéndose a él. Con esta alianza, los cilicios obtenían un reconocimiento legítimo a sus actividades mientras que el rey del Ponto recibía el apoyo de un grupo altamente organizado de piratas que mantenían una preponderante situación en el Mediterráneo Oriental.

Busto de Gnaeus Pompeius Magnus, Pompeyo el Grande, quien bajo los auspicios de la Lex Gabinia acabó con la piratería cilicia.
Busto de Gnaeus Pompeius Magnus, Pompeyo el Grande, quien bajo los auspicios de la Lex Gabinia acabó con la piratería cilicia.

En el año 87 a.C. Mitrídates lanzó un ataque combinado contra Delos, Rodas y Licia que fue contraatacado por el general romano Cornelius Sulla. Ante la bravura de los piratas que sirvieron al lado de las tropas de Mitrídates, este les financió y ayudó a fundar bases navales. En esos momentos, los jefes piratas habían acumulado suficiente poder como para establecer sus territorios independientes a lo largo de la costa de Cilicia. Por ejemplo, uno de ellos llamado Zenicetes, estableció su propio reino en el este de Licia y en los puertos de Olympus, Corycus y Phaselis donde bajo “la eterna llama de la Chimaera” se dedicó a crear ritos en honor a Mitra. Otros jefes piratas fueron más pragmáticos y construyeron fortalezas impenetrables en Antíoco y Coracesium.

Entre el 77 a.C. y el 76 a.C. el comandante romano P. Servilius Vatia Isauricus, durante sus campañas en Isauria y el este de Licia, intentó eliminar la amenaza pirata de la bahía de Pamphylia. Para ello, en la ciudad costera de Attaleia (actual Antalya), Isauricus privó a los ciudadanos de sus tierras como castigo por haber establecido alianzas con los piratas y asentó allí a sus tropas. Acto seguido, estos reaccionaron centrando sus actividades en el oeste, en un intento de desviar la atención romana y de otros potenciales enemigos lejos de sus bases en la Cilicia Tracheia.

Así que se lanzaron a realizar incursiones en las ciudades interiores del Imperio Romano, especialmente en el sur de Italia, a secuestrar altos dignatarios romanos y a hostigar sus fuerzas navales. Por ejemplo, los pretores Sextilius y Billinus, la hija de Marco Antonio “El Orador” y el propio Julio César, fueron secuestrados por los piratas; o bien, toda la flota romana de Ostia, fue totalmente destruida por los cilicios. Además, las ciudades que habían traicionado a los piratas, fueron arrasadas, especialmente Delos, saqueada por un pirata llamado Athenodoros. Plutarco nos cuenta que trece santuarios fueron también saqueados y que cuatrocientas ciudades fueron capturadas.

Este giro en los acontecimientos, con ataques “en casa” que afectaban directamente a Roma y a los cimientos de su poder, provocaron que el Senado organizara una campaña más estratégica para contrarrestar el incesante hostigamiento de los piratas. En el año 67 a.C. el general Gnaeus Pompeius Magnus fue comisionado por el Senado para acabar con los piratas bajo el auspicio de la denominada Lex Gabinia, que dio a Pompeyo tal autoridad que podía anular cualquier decisión de un magistrado romano en cincuenta millas a la redonda, fuera  en el mar o en tierra. Lo cierto es que los historiadores consideran que este repentino deseo de acabar para siempre con los piratas se debía más bien al trato humillante que había recibido Roma que a su intención de proveer de seguridad a sus provincias y ciudadanos.

El primero de los efectos que provocó la ofensiva pirata fue la amenaza de escasez de grano en Roma, una ciudad que en aquellos momentos contaba con cerca del millón de habitantes. Esta posibilidad explica la estrategia inicial de Pompeyo, que decidió asegurar los graneros de Sicilia, África y Cerdeña con la armada y tropas. Plutarco explicó en que consistían las acciones de Pompeyo:

“Decidió dividir las costas y mares en trece regiones, asignando un determinado número de barcos a cada una de ellas con sus comandantes. Sus fuerzas se dispersaron, amenazando a los piratas desde todas partes, con lo que fueron capturados rápidamente y llevados a tierra. Los más esquivos, fueron arrinconados y dirigidos a Cilicia, como si fueran abejas que vuelven a su panal. Pompeyo estaba listo para moverse contra ellos con sesenta de sus mejores barcos”.

En solo tres meses, Pompeyo había golpeado duramente a los piratas, acorralándolos en sus puertos y obligándoles a rendirse con promesas de indulgencia y tierras a cambio de sus barcos. Según narra Plutarco, las batallas se extendieron por Cilicia, siendo duras y sangrientas, pero cortas debido a la casi inmediata rendición de los cilicios. Se iniciaron en Kragos y Antitragos (Antíoco y Cragum) y el último reducto que resistió el envite romano fue Coracesium, donde tuvo lugar una batalla naval y un posterior asedio.

La política de Pompeyo de ser indulgente con los apresados se considera como la razón principal por la que se suprimió tan rápidamente la piratería cilicia. En lugar de condenar a muerte a los piratas capturados, tal y como se hacia en Roma en aquellos momentos, Pompeyo les ofrecía una opción de pacífica rendición, justificando el general romano tal actitud “porque podía distinguir entre aquellos que innatamente estaban poseídos y aquellos otros que fueron llevados por las circunstancias”. Por supuesto, las guerras que estaban en marcha contra Mitríades fueron otra razón de peso para intentar acabar cuando antes con aquel problema de la piratería cilicia.

Y así, tras la campaña de Pompeyo, la región de Cilicia Tracheia a pesar de haber sido sometida a la Pax Romana, siguió siendo foco rebelde, debido a la propia naturaleza de sus gentes, si bien nunca volvieron a llegar al nivel de atrocidad que sufrieron miles de personas hacia tan solo unos años.

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Próximamente: La piratería iliria.

Capítulos de este reportaje
- Los orígenes de la piratería
- La piratería en la Antigüedad: la Odisea y la Época Oscura
- Eubea y la industrialización de la piratería / La piratería cilicia
© Amarre
 



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