Conclusiones finales del viaje.
Tras las huellas de Ulises.
Una vez concluido nuestro periplo 07, nuestra particular odisea jónica, unas 500 millas entre idas y venidas entre Corfú e Ítaca primero durante junio y julio, y alrededor del Peloponeso en agosto, podemos convenir en que la tesis de Severin, situar en un marco geográfico local, en Grecia, todos los escenarios del mítico viaje, sin dejar de ser interesante y quizás más creíble que las fantásticas andaduras, fabulosas navegaciones por todo el Mediterráneo que le quieren endosar los partidarios de las teorías clásicas, los herederos de la tradición grecorromana, también peca de lo mismo, cae en el mismo defecto. Reproduce el mismo esquema, cuenta demasiado con las fuentes externas, toponimia y tradiciones locales, y sigue sin ajustarse exactamente, literalmente, a las palabras/versos, descripciones de paisajes y lugares presentes en la obra de Homero. Es decir que Odisea en mano y apoyándonos únicamente en el texto del poeta siempre hay, tanto en las escalas/lugares propuestos por los clásicos como en la alternativa local/griega defendida por Severin, algo que no cuadra, que no encaja, que se sale del guión homérico. Para nosotros resulta evidente la imposibilidad de dar con la localización geográfica exacta de los escenarios en los que se desarrollan las aventuras del sufrido Ulises. Ni siquiera en la misma Ítaca, donde por el momento, arqueológicamente hablando, poco o nada se ha encontrado de la época micénica que avale su candidatura como la patria/escenario real del héroe homérico.
Por otra parte, al cubrir el trayecto que supuestamente en su día realizo Telémaco, desde Ítaca hasta Pylos, pudimos comprobar en “vivo”, lo increíble que resulta la navegación nocturna del hijo de Ulises. Siendo rácanos en el calculo, la media de la embarcación, que sale de noche de la isla y llega poco después de salir el sol a la arenosa Pylos, superaría los 10/12 nudos, velocidades pues de vértigo para una nave de la Edad de Bronce. Exactamente el doble de nuestra media realizada en un moderno velero de casi 11 metros empujados por un viento portante durante todo el día. La diferencia tal vez se deba a que con nosotros, a bordo, no viajaba ninguna diosa. De estas medias de velocidad descabelladas, que huelen a fantasía, hay quien luego, tomándolo como moneda contante y sonante, las aplica a las jornadas de navegación enunciadas en la Odisea y de este modo, deducimos, le enroscan a Ulises un itinerario de Estambul a Gibraltar, casi como en los versos de la canción del pirata de Espronceda, eso sí adornado con múltiples quiebros para que no se salga del mapa. Y por supuesto no entraremos en el debate con quienes le ven como el primer explorador del gran norte, descubridor del Atlántico, navegando entre hielos y fiordos, que por supuesto también se han inspirado en esas fabulosas velocidades medias para llevar/situar tan lejos las aventuras de nuestro querido héroe.
Nos alineamos por tanto con quienes sostienen que la Odisea es ante todo una gran composición poética, una obra de un valor literario extraordinario y que sienta un precedente único, crea escuela y pone al hombre, a un hombre con todos los defectos y virtudes propias de la condición humana, en el centro de la epopeya. Un hombre en mayúsculas, que renuncia a la inmortalidad para volver con los suyos, que basa su fuerza en la memoria, un hombre que pese al sufrimiento, a los diversos desafíos, maldiciones de los dioses, tentaciones… nunca olvida cual es su condición, sus raíces, quién es y a donde se dirige, y lo que desea sobre todo, por encima de todo es volver a Ítaca, esa es su fuerza, el clavo al que se agarra para no desfallecer, para no rendirse. En ningún momento Ulises actúa como un aventurero en busca de descubrimientos, no es un explorador en busca de fama, de gloria y de riquezas, solo esta intentando volver a su patria, a su isla, su tierra, después de una ya larga ausencia, los diez años perdidos/pasados en Troya. Viaja y navega a su pesar, sufriendo las calamidades que sobre él se abaten maldecido por Polifemo y perseguido por Poseidón.
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Dicho esto nos gustaría aclarar un punto, una nota discordante que queremos despejar de nuestro concierto. No nos estamos “cargando” el viaje de Ulises como nos vinieron a decir hace casi un año, en una mesa redonda en una emisión de France Inter durante el Salón Náutico de Paris en Diciembre del 2006. En aquella ocasión nos acusaron, es un decir, al negar la supuesta realidad del viaje, de romper un sueño, de borrar la ilusión y el misterio que se esconden tras el fantástico periplo de Ulises en la Odisea. Nosotros, bien al contrario, lo que pretendemos es devolver el protagonismo y la palabra a Homero. Lo que queremos es precisamente invitar a viajar y a hacerlo por partida doble: primero sobre el papel, a través de las paginas de la epopeya, disfrutando del maravilloso periplo que nos regala Homero en boca de Ulises; y luego en vivo, si es posible por mar, a recrear, a intentar dar con esos míticos escenarios, pero que seamos nosotros mismos quienes constatemos que hay de real y que hay de falso, que cosas se ajustan al guión y a las palabras del poeta y cuales no. Que hagamos nuestro viaje sin seguir, creer, a pies juntillas las teorías, indemostrables, de otros, por románticos, sesudos o atractivos que sean sus argumentos. Nuestro consejo a modo de conclusión, nuestro mensaje en suma, es una invitación a leer a Homero, lean la Odisea, disfruten con sus versos y con estos aún frescos en la mente, o con el libro a bordo, viajen, por mar, o por tierra, mar y aire, sueñen, intenten dar con los escenarios de la obra.
Hagan su viaje, vivan la Odisea, y naveguen hasta Ítaca después de doblar Malea. ¡¡ Buena suerte y que los vientos y los dioses les sean favorables!!
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