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Tras las huellas de Ulises

Acciaroli - Stromboli.

18 y 19 de Mayo
Stromboli y Lipari. Archipiélago de las Eolias o Lipari. Sicilia. Italia.


METEO.Decididamente el tiempo nos acompaña, la meteó se sigue mostrando generosa y aunque el viento no nos acompañe no se puede pedir todo. El barómetro sigue altisimo y tanto para Lipari, nuestra nueva zona meteó, como para Circeo, anuncian un W/NW 2-3 que en realidad se traduce en una ligera brisa que apenas riza, se dibuja en la superficie del mar.

Dejamos Acciaroli según nuestra costumbre al alba, ya no necesitamos despertador, si bien esta madrugada a partir de las 04’00 la flota de arrastreros de este tranquilo puerto nos ha amenizado, anunciado el amanecer. Un día que se presenta esplendido, el terral que nos acompaña al salir pierde intensidad a medida que sube el sol. En un par de horas navegaremos solo a motor, el mar, calma chicha, soleado, pero agradable, afortunadamente aún no tiene la fuerza, la contundencia, del verano pero hay que ponerse el sombrero.

El día transcurrió placidamente, Robertiño a la caña y nosotros leyendo, sesteando y disfrutando del espectáculo del azul en calma. Divisamos Stromboli desde lejos, a las 4 de la tarde, cuando aún nos faltan 30 millas, la isla volcán, como un triangulo mágico, nos saluda por la proa. Me parece increíble que si alguna vez pasara Ulises por aquí no lo mencionase.

Las últimas horas de esta dulce jornada fueron como un premio, un espectáculo de luz y color, entre la puesta de sol y los guiños, explosiones festivas del volcán. La mole de Stromboli, mil negros metros, iluminaba intermitentemente nuestra proa, cada 15, 20 minutos un castillo de fuegos artificiales, perdón naturales, nos dejaba boquiabiertos. Pudimos filmar a placer las bocanadas, la respiración entrecortada de este viejo y mítico faro mediterráneo.
Rompientes
Foto: Isabelle Moureau - Una preciosa goleta fondeada junto a San Bartolomeo, en Stromboli, nosotros vamos navegando hacia la vecina Lipari la capital del archipiélago de las Eolias.

Ya de noche, estrellada pero sin luna, Juan se acercó a la costa de San Bartolo, en Ficogrande, en el lado sureste de la isla. Nos cuenta que el año pasado en la revista náutica italiana, Bolina, una simpática y práctica Biblia mensual, había leído que junto al pueblo habían instalado unas boyas para facilitar la vida a los navegantes, a las embarcaciones que visitan la isla. El fondo es tremendo al pie del volcán, a escasos 15 o 20 metros de la costa se pueden sondar más de 30 metros y fondear a esas profundidades, con la posibilidad añadida de enganchar el ancla en una roca, no hace ilusión a nadie.
Cerca de la costa distinguimos la forma de un velero, o mejor de un motorsailor que parecía estar al ancla. Nosotros entramos suavecito, casi al ralentí hasta a misma playa donde vimos una boya que nos esperaba. Eran las 10 de la noche, la cena ya estaba preparada, una pasta riquísima, orecchiette con brócoli, y poco después nos fuimos a dormir cansados y oyendo rugir de vez en cuando al volcán.

Al despertarnos, lo primero que me sorprendió fue ver lo cerca que estábamos de la playa, apenas a unos 15 metros y lo más increíble es que nuestra boya ¡era la única boya allí!... y por lo que pudimos ver después, al pasar junto al vecino San Vincenzo, es que probablemente fuera la única en todo Stromboli. Si naces para martillo del cielo te caen los clavos…se ve que Poseidón y Santa Rita siguen con nosotros.

Salimos un poco más tarde que de costumbre, a la 07’00, ya que queríamos filmar el volcán con buena luz y la navegación hasta Lipari es de apenas unas 25 millas. La travesía desde Acciaroli fue finalmente de 83 millas, vamos metiendo sur en la carta, Messina está ya aquí al lado. La mañana parece una fotocopia del día de ayer, sol y mar en calma de un color de mercurio, azul plateado. Pasamos por delante de Panarea y su cortejo de escollos, la dejamos a estribor y por proa a babor vemos Vulcano. Salina, la Didima de los griegos, “la gemela”, por sus volcanes gemelos, se recorta al norte. Entre ambas, en medio, Lipari, la capital del archipiélago parece esperarnos.
Todas estas islas, habitadas desde tiempos remotos, antiquísimos, eran conocidos por los marinos micénicos, el comercio de la obsidiana, de la piedra pómez y de otros “minerales” volcánicos era una realidad en el Bronce. Por aquí hay un montón de pecios, testigos mudos de estas navegaciones milenarias y se han encontrado muchas piezas valiosísimas como ánforas, vasijas y máscaras que se conservan en el interesantísimo, de visita obligada, museo de Lipari.

Una vez amarrados en la nueva y agradable marina de Pignataro, hasta hace unos años el único puerto digno de tal nombre de toda esta zona, ahora hay otro en la vecina Salina, cumplimos con los requisitos obligados de intendencia, lleno de agua y gasoil. Juan se ocupa del tema mientras los demás nos acercamos a la ciudad, un paseo de kilómetro y medio, para ver el museo y tratar de localizar un punto Internet. Habíamos quedado en vernos en el centro para cenar en tierra, pero el barco actúa como un imán, al cabo de unas horas de callejear y visitar este agradable y bullicioso rincón lo que nos apetece es volver a “casa”, a nuestra terraza, a la bañera. Tenemos menú de gala, anchoas marinadas con aceite ajo y perejil y carpacio de ternera.

Este archipiélago - que le debe el nombre a los primeros colonizadores griegos, los Eolios, que en el siglo VIII A.C. o antes, hay constancia de contactos anteriores, llegaron y se establecieron aquí, procedentes del Egeo, de las costas de la actual Turquía,- siempre ha estado o ha aparecido relacionado con el episodio de Eolo en la Odisea, con el mítico reino del señor de los vientos, de quien dichos colonos se consideraban descendientes.

 


Tetradracma; S. V a.C.
 
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