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Tras las huellas de Ulises

Córcega - Islas Pontinas.

11 al 15 de Mayo, 2006
Giglio, Archipielago Toscano, Italia
Ponza, islas Pontinas, Italia
Ventotene, islas Pontinas, Italia

 


Pero antes volvemos a bordo, estamos en ruta hacia Ponza y como el día esta tranquilo, la navegación placentera, vamos echando cuentas y caemos, a eso de las 11 de la mañana, en que acabamos de pasar nuestro ecuador virtual, estamos a mitad de nuestro recorrido, hemos cubierto ya 600 millas, desde que salimos de Mallorca y tenemos otras tantas millas por delante antes de llegar a Grecia, a nuestras islas del Jónico. Lo curioso es que en estas casi tres semanas, 20 días, que llevamos de ruta no hemos tocado tierra en el sentido continental de la palabra, siempre islas, de isla en isla… Mallorca, Cabrera, Menorca, Cerdeña, Córcega, Giglio… y ahora vamos hacia las Pontinas.

Por una parte el tiempo parece largo, como que hemos estado navegando toda la vida juntos, y por otra nos vemos aún en el Arenal, los preparativos y todo eso… con esa sensación de tiempo elástico en que los días pasan y se hacen a la vez eternos, como los de los veranos de nuestra niñez.

El ritmo, el tempo a bordo, en esos días de mar, es armonioso, cada uno la suyo, Isabelle y Juan están en casa, se mueven nunca mejor dicho como pez en el agua, naturalmente, a su aire. Helene se reparte entre los libros, la caña y la cocina. Yo estoy filmando y montando los videos en mi “oficina” del salón, procurando molestar lo menos posible. Con Juan hemos dado con una formula para redactar este diario de a bordo, a cuatro manos, yo voy dándole forma y él añade la anécdota histórica.

Después de cenar nos repartimos las guardias de la noche aunque nadie tiene prisa por irse a dormir, el viento, suavecito, parece que quiere velar con nosotros. Helene y yo hacemos las primeras guardias.

Cueva del Cíclope
Foto: Isabelle Moureau - Saliendo del pequeño, acogedor y minúsculo puerto de Giglio, en el archipiélago toscano. Ponemos rumbo a Circeo y Las Pontinas

Como habíamos previsto el Cabo Circeo se asoma al amanecer por la banda de babor, y Juan me saca de la litera para filmar. Podemos constatar que visto desde aquí, desde el mar, desde el noroeste, entre las nubes calimosas de la madrugada, efectivamente aparece como una isla mágica, como un majestuoso peñón rodeado de mar. Sin embargo de ningún modo se puede decir que este peñasco impresionante, que sube impetuosamente hasta 500 metros en un suspiro, es una isla plana como la que Homero dice que era la de Circe, pero no adelantemos acontecimientos.Por la proa, al sur, ya divisamos Ponza, la mayor del rosario de las islas Pontinas y que les da nombre. El día es magnífico, un mar de aceite, el vientecito, la brisa térmica que ayer nos acompaño todo la jornada e incluso parte de la noche y nos permitió navegar a vela, ha dejado paso a una calma olímpica.

Entraremos en el mágico semicírculo de Ponza por el Este, pegados al islote Gavi. Si nos fijamos en un mapa, en una carta, nos damos cuenta que la isla, la tierra que emerge, dibuja como media circunferencia, medio cráter roto, probablemente los restos de un volcán al hacer erupción se lo llevó todo por delante, y los diferentes colores de las rocas, de los sedimentos de la costa, de las capas de tierra multicolores, un puzzle geológico, quedan como testimonio de una explosión violentísima.

El puerto quita el habla de lo bonito que es con sus casas color pastel y ocre encaramándose en la dulce pendiente, montaña suave, redonda, con curvas. Lo malo es que llegamos en sábado, fin de semana y como el tiempo acompaña, parece como si todas las embarcaciones, potentísimas motoras, de Roma y Nápoles, se hubieran dado cita aquí, casi no hay lugar para atracar. Como aún no es mediodía tenemos suerte y negociamos un amarre, estamos junto al puerto borbónico, al pie de las fachadas rosas de Ponza. Es el pontón de la jet, nuestro pequeño Odyssée, único velero entre yates de diseño, da una nota de color, exótica, y nosotros comparados con la fauna sofisticada y súper fashion de las embarcaciones vecinas parecemos unos gitanos del mar o unos piratas, parece que como nos miran un poco raro.

Emilio Garrido, de “la bañera de Ulises” el programa que Radio Exterior de España dedica a viajes y Mediterráneo, nos llama para que le hablemos de nuestra singladura. Una sorpresa agradable, un saber hacer y una calida voz que nos permiten compartir nuestra aventura con más gente, con miles de oyentes… desde aquí ¡Mil gracias a todos, seguiremos navegando juntos!
Nuestro ritmo lo marca el sol, y en Ponza solo estamos de paso, como aves migratorias, así que la mañana siguiente, domingo 14 de Mayo, zarpamos pronto, de puntillas eso sí, para no despertar a los vecinos… sigue la tónica del buen tiempo, la primavera nos muestra por fin su mejor cara. Y además nos regala una brisita, salida de la nada, un S/SW rarísimo a esta hora, y navegando a un descuartelar arrumbamos a la vecina Ventotene, a veintipocas millas. En la última travesía, de Giglio a Ponza, contabilizamos finalmente 135 millas, hoy toca paseo, navegación corta.

De todas las islas que hemos recorrido hasta ahora, una más bella que la otra, las comparaciones se vuelven odiosas e hirientes, pero Ventotene es/merece un punto y aparte, y hay que verla. Pocos lugares como este trasmiten una sensación tan especial, definen el concepto de isla, de aislamiento de un modo tan preciso. Quizá sus dimensiones, apenas 3 kilómetros de largo por escasos 900 metros de anchura máxima, poco más de medio millar de habitantes… pero esos datos no dejan de ser cifras, frías como siempre. Su arquitectura, una singular mezcla de fachadas neoclásicas, de hechuras palaciegas, y de pequeñas casa cúbicas con un aire mediterráneo de reminiscencias africanas, pero siempre con unos colores, amarillos, rosas, pasteles…La antigua Pandataria de los romanos parece efectivamente haberse quedado fuera de las coordenadas tiempo/espacio, sesteando al margen, envuelta en un halo de quietud que contrasta con el frenético movimiento/discurso de este cambio de milenio, de este nuevo siglo XXI.
El puerto sigue siendo el mismo que excavaron los romanos, tallado en la piedra, en los sedimentos volcánicos que forman la isla, con los norays esculpidos en la roca, en la tufa volcánica, y que aún funciona como puerto, no como adorno turístico. En el puerto romano solo caben unos diez barcos de nuestro tamaño, la alternativa se llama Cala Rosanna, el puerto nuevo, el del ferry, donde hay unos pontones y una escollera que han ampliado la oferta, la capacidad de amarre de la isla.

En esta isla, a principios de nuestra era, vivió el destierro Julia, nada menos que la hija de Octavio Augusto, apartada de Roma por su vida licenciosa, sobran los comentarios. Las ruinas de la casa aún son visibles, así como las “vascas”, las piscinas, que excavo tanto en Ventotene como en la vecina Santo Estefano para bañarse al abrigo de las olas, del embate del mar.
El peñón de Santo Estefano se levanta siniestro a una milla escasa al sur, su asible apariencia esconde un oscuro pasado, el edificio circular que se intuye en su loma no es sino un presidio, singular cárcel construida en el XIX con planes utópicos, de reeducación, celdas con vistas al mar, y que acabó como símbolo del más negro fascismo. Fue lugar de pena y encierro para los enemigos del régimen de Mussolini.

La tentación de quedarse en Ventotene es siempre grande, y por una vez cedemos, tenemos trabajo atrasado, se van acumulando las etapas, hay mucho por escribir, montar y contar. Nos tomaremos pues un día de respiro, un lunes al sol, y de paso caerá el primer baño de la temporada en un agua fría y cristalina. Casi todo el día me lo pasé trabajando editando los videos sobre Menorca, pero al fin salieron y ya acabé. Ahora la cuestión es de dónde los podremos mandar, las conexiones con Internet se vuelven más difíciles a medida que vamos más al sur.


Tetradracma; S. V a.C.
 
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