Penélope, de afamada belleza, era agasajada por multitud de pretendientes desde que partiera su esposo a la guerra. Y estos, con tal de lograr el favor de la bella mujer y para que de una vez se decidiera por alguno de ellos, inventaron la historia de que su marido había fallecido en la lejana Troya. Ella tenía la certeza de que no era cierto y que su marido seguía vivo; para tratar de ganar tiempo con sus pretendientes, a quien no podía menospreciar por el sentido griego de la hospitalidad, les engañó contándoles que no podría hacerse eco de sus pretensiones hasta que no acabara de tejer una mortaja muy laboriosa que estaba realizando para su suegro, el padre de Ulises. Pero el engaño era que todo lo que había tejido durante el día, lo deshacía durante la noche, con lo que al día siguiente, volvía a empezar.
Pero sigamos con nuestro héroe. El primero de los lugares en que recala, desde su partida de Troya, es el país de los Cícones (en Tracia), donde toma la ciudad de Ísmaro. De todos sus habitantes, sólo tiene a bien perdonar a Marón, sacerdote de Apolo, quien en agradecimiento, le regala doce tinajas de un vino “precioso, dulce y fuerte”. Este vino, posteriormente le va a ser de gran utilidad.
Zarpa de la ciudad de Ísmaro rumbo al sur, arribando al país de los Lotófagos (devoradores de loto), quienes le obsequian con el loto, cuyo fruto de características exquisitas, provoca el olvido de todo lo sucedido y la pérdida del deseo de volver a casa. La tripulación de Ulises probó dichos frutos y cuando fueron llamados por éste, de regreso a los buques, ninguno acudió a la llamada. Tuvo que amarrarlos y arrastrarlos a todos para iniciar de nuevo su viaje.
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