A pesar de esto, hicieron lo que les dijo Circe. Para ir al Hades tenían que atravesar un río y allí, según los consejos de Circe, tenían que abrir un hueco muy grande en la tierra y llenarlo de sangre de carnero para que las almas vinieran a tomarla, pues les encantaba la sangre. Cuando éstas llegaran, no debían dejarlas acercarse hasta ese hueco lleno de sangre hasta que llegara el alma de Tiresias, quien sí podía tomársela.
Todo sucedió tal y como les había aconsejado la hechicera. Cuando el alma de Tiresias estuvo satisfecha de sangre, llamó a Ulises y le dijo que la única recomendación que les hacía era que cuando llegaran a la isla de Tinacria, donde el Sol tiene su ganado, no tocasen un solo novillo. De este modo, siguieron su viaje.
Días después pasaron por la isla de las Sirenas. La maga Circe le había hablado a Ulises de ellas: eran tres mujeres hermosas mitad mujer, mitad pez, comían carne humana. Una tocaba guitarra o cítara, la otra flauta y la otra cantaba. De hecho el sonido de su música era tan hermoso que nadie podía resistirse ser hipnotizado y desear acercarse a ellas, momento en que era devorado.
Circe recomendó a Ulises que para evitar esta fatal suerte, sus hombres se taparan los oídos con cera y que a él lo amarraran bien fuerte al mástil del buque para que pudiera oírlas sin peligro. Así, cuando pasaron frente a ellas, Ulises le gritaba a sus hombres que le soltaran pero ellos no lo hicieron. Así pasaron de este peligro.
Tras esta prueba, pasaron por entre Escila y Caribdis. Escila era una roca muy azarosa, llena de filos y puntas que atraía lo que pasara cerca, por lo que había que pasar retirados de ella a fin de que no atrajera al buque y se volviera astillas al chocar con ella.
Frente a esta se encontraba Caribdis, que era un remolino que se tragaba todo lo que se le acercara, y a los tres días lo expulsaba de nuevo, cuando ya era demasiado tarde. Para pasar por Caribdis, la diosa Atenea, que los protegía, les ayudó, haciendo que el barco pasara a toda velocidad, con lo que Caribdis sólo consiguió tragar a seis de los tripulantes de Ulises.
Días después llegaron a la isla de Tinacria, donde el Sol tenía su ganado, tal como ya profetizara Tiresias. En un descuido de Ulises, su tripulación mataró algunos novillos para comérselos, diciéndole después a Ulises que no resistían el hambre, razón por la que lo habían hecho.
El Sol, muy irritado, reclamó a Zeus y le pidió que los castigara. Éste, lanzó un rayo al buque de Ulises que hundió junto con sus tripulantes, salvándose únicamente el propio Ulises, ya que él no había tomado parte en lo de los novillos y porque Atenea le protegía. Después de nadar durante tres días, llegó a tierra firme, en concreto a la isla de la ninfa Calipso, que vivía allí sola. En esta isla permaneció retenido Ulises por la ninfa durante cinco años.
Atenea compadecida de Ulises, le rogó a los otros dioses que no le atormentaran más, y que lo dejaran llegar tranquilo a su hogar. Todos los dioses, excepto Poseidón accedieron. Zeus mandó a Hermes a la isla de Calipso a decirle que dejara ir a Ulises. Ésta le suministró herramientas para construir una balsa y en cuatro días la acabó.
Diecisiete días navegó Ulises hasta que alcanzó a ver tierra, pero Poseidón, que estaba en su contra, antes de que tocara tierra le envió una tormenta horrible. Salió en su ayuda Ino, la diosa de los navegantes, que se le acercó volando bajo y le dijo que la única forma de salvarse era a nado. Para ello le prestó un velo mágico con el cual no le sucedería nada mientras estuviera en el mar.
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